Chile ha apostado a una inserción internacional fundamentalmente comercial: 26 acuerdos con más de 50 países que abarcan la mitad de la población mundial. En cambio, hay “una sorprendente precariedad del fomento a la vinculación científica, artística, literaria e incluso política”, advierte el autor de este artículo, Alberto Mayol, vicedecano de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad de Santiago de Chile. Sostiene que un modelo que pone el centro en el consumo, que privatiza todo tipo de servicios, incluso los más básicos, y que estimula la generación de grandes fortunas al tiempo que precariza a sectores cada vez más amplios de la población, termina destruyendo a la sociedad, deja a las elites sin capacidad de administrar el malestar y es la base del estallido surgido en 2019 en Chile.


Los preceptos fundamentales de la política chilena posdictadura se resumen en una concepción del modelo de desarrollo que solemos comprender como “modelo neoliberal”, que consiste en un uso mixto de conocimientos de escuelas económicas que tienen en común una visión radical del libremercado y que, en conjunto, desprecian un enfoque más amplio que el individualismo metodológico a la hora de la comprensión de los fenómenos colectivos (dentro de los cuales el uso del vocablo “social” es sospechoso).

Chile se construyó, desde la emergencia de los llamados ‘Chicago boys’ y la emblemática visita de Milton Friedman a Augusto Pinochet en 1975, a partir de los siguientes preceptos:

a) Una sociedad es próspera cuando facilita el crecimiento.
b) La desigualdad es legítima cuando reduce la pobreza.
c) La existencia de grandes fortunas es una señal de desarrollo.
d) La ausencia de obstáculos a los mercados incentiva el desarrollo.
e) Los problemas públicos suelen tener soluciones desde el mercado y ello es preferible a reforzar el crecimiento del Estado.
f) La política debe ser funcional a los preceptos a, b, c, d y e.
g) El bienestar de la sociedad debe conseguirse sin restringir los preceptos a, b, c, d y e.

La coalición de centroizquierda (Concertación de Partidos por la Democracia) que triunfó en las elecciones de 1990, 1994, 2000 y 2006 continuó las políticas neoliberales con algunos guiños de protección social. La desigualdad se mantuvo en tasas históricas (alrededor de un Gini 0,5), aunque menores que las de Pinochet. Pero el crecimiento tuvo saltos sorprendentes (PIB per cápita desde US$ 1.500 en 1974 a US$ 15.300 en 2019).

La inserción de Chile en el concierto internacional ha sido a partir de una evidente despolitización de su agenda (usamos el término acotado de falta de agenda política), con una marcada orientación a los tratados de libre comercio. Cuenta la leyenda de los negociadores de tratados comerciales que alguna vez la comitiva chilena se levantó de una reunión y comenzó a despedirse pues pensaban haber terminado. La contraparte les señaló que quedaban asuntos en el tintero. Los chilenos se miraron extrañados. La contraparte les había enviado un documento que para ellos era obligatorio: asociar un tratado de intercambio cultural al tratado comercial. Los chilenos ni siquiera lo habían leído.

Chile tiene hoy 26 acuerdos comerciales con más de 50 países y abarca con ellos la mitad de la población mundial. Además cuenta con numerosos acuerdos de asociación económica que se dirigen a la reducción o supresión de barreras arancelarias. Chile ha sido un país particularmente osado en el avance hacia tratados de libre comercio, al punto de que fue el primer país en señalar que se necesitaba conservar el TP-11 a pesar del retiro de quien lo había promovido, Estados Unidos. Es así como la inserción internacional de Chile es fundamentalmente comercial, y hay una sorprendente precariedad del fomento a la vinculación científica, artística, literaria e incluso política.

Comprender el modelo económico de Chile es fundamental para entender el país en estas últimas tres décadas. Todo depende de esta variable. El modelo chileno es indudablemente el más osado experimento de alta mercantilización del que se tenga registro. Hospitales, carreteras, autopistas urbanas y cárceles han sido concesionadas a privados. Y esto es sólo el prólogo de algo más extremo: mercado de la educación superior, mercado de pensiones de vejez, mercado de pensiones de invalidez, mercado de prestaciones de salud, en fin, todo a la vez. El clima neoliberal lo crea y comanda la derecha, pero penetra hasta el socialismo: concesiónese todo lo que pueda concesionarse, dijo un ex presidente socialista de Chile. La penetración del libremercado fue total. El primer gobierno democrático después de Pinochet tuvo en la voz de su ministro de Hacienda el reconocimiento de que en la economía seguían la senda del radical ministro de Hacienda de Pinochet, Hernán Büchi. No importaba el color del gato, lo que importaba era que estuviera en el mercado.

El modelo chileno es indudablemente el más osado experimento de alta mercantilización del que se tenga registro. Hospitales, carreteras, autopistas urbanas y cárceles han sido concesionadas a privados.

La penetración de la economía de mercado ha producido el paso a una sociedad de consumo donde los mecanismos de integración están en el ámbito del mercado y donde el fetichismo de la mercancía pasa de cumplir un rol publicitario a uno metafísico y finalmente se convierte en argumento político. El templo de Chile es el centro comercial. Al respecto Chile tiene la mayor cantidad de metros cuadrados de centros comerciales por habitante en la región (Latinoamérica). Según datos del International Council of Shopping Centers (ICSC), Chile posee 222 metros arrendables por cada mil habitantes, cifra muy superior al resto de América Latina.

Foto del artículo 'Chile: el malestar que explotó'

La centralidad del consumo desde el punto de vista de la activación de la economía y como organizador del estatus de la población está además sustentada en la deuda, que a su vez ha procurado un poderoso sistema financiero en Chile, donde los bancos logran rendimientos de US$ 4.000 millones anuales en utilidades y donde el sector financiero puede administrar, a disposición oligopólica (sólo algunas compañías son potenciales depositarias), los fondos de pensiones que equivalen a alrededor de US$ 300.000 millones.

La deuda no sólo es fundamental para sostener el sistema financiero, sino además la vida cotidiana de los hogares, ya que los ingresos en los hogares no permiten al 78% de la población llegar a cubrir todos sus gastos mensuales, según la Encuesta de Presupuestos Familiares del Instituto Nacional de Estadísticas. La deuda, por ejemplo, aumentó como razón del ingreso anual en los hogares del 14% al 28% entre 2014 y 2017. No hay datos actualizados de esa evolución en los dos últimos años, pero sí se sabe que el monto total de deuda de hogares superó todas las cifras anteriores (Banco Central de Chile).

La economía chilena ha vivido del extractivismo (minería, forestación, pesca, fundamentalmente), con enorme crecimiento del PIB, mala distribución, baja innovación, reducción del potencial industrial, y ha premiado radicalmente a grupos económicos nacientes durante la dictadura, cuando se estableció la doctrina de que la matriz de crecimiento se centraba en otorgar facilidades a los grupos más privilegiados para lograr “generar empleo”. Esto se tradujo en un aparato ideológico: la explosión de inversión extranjera en los años 90 supuso que Chile se presentara como el “jaguar” de Latinoamérica, jugando con el concepto de los países asiáticos. Esto acontecía después de haber instalado la visión de un “milagro” chileno, por el alto crecimiento en los últimos años de dictadura (que en realidad fue una recuperación de la enorme crisis que supuso volver al PIB de 1974 recién en 1987). La tesis de un Chile excepcional en el marco de su subcontinente se consolidó con su ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Pero la mediana del ingreso de los trabajadores es de 400.000 pesos chilenos en 2018 (convertido a dólares actuales son US$ 478), que representan menos de US$ 6.000 al año.

El crecimiento de Chile ha estado sustentado en la zona más alta de la pirámide de ingresos, convirtiendo a Chile en un país de “súper-ricos” o “billonarios” según la nomenclatura de Forbes. Los datos de esta revista especializada en grandes fortunas son sumamente ilustrativos. Chile es el tercer país con más ricos en el subcontinente y con más fortuna absoluta de ellos, al tiempo que es (si se considera el tamaño del país y de su economía) por lejos el país donde hay mayor población de billonarios y mayor participación de ellos en el PIB nacional.

Foto del artículo 'Chile: el malestar que explotó'
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La acumulación de poder operacional y simbólico de los ricos y de la doctrina neoliberal tenía un requerimiento nunca comprendido por quienes lo promovían: su legitimidad. Ya en 2011 nuestras investigaciones detectaron que dicha legitimidad era tan baja que no era sostenible el modelo en Chile1, pero la elección por segunda vez de Sebastián Piñera parecía una evidencia contundente en contra de esta tesis. Piñera avanzó en profundizaciones del modelo todo lo que pudo.

Los niveles de conflictividad de Chile estaban cambiando de manera evidente. Para que una marcha llegara a un millón de personas se requerían en 2011 cuatro meses de movilización y triunfos políticos (movimiento estudiantil), en 2016 bastó un mes (movimiento contra las Administradoras de Fondos de Pensiones) y en 2019 bastó una semana después de un alza en el pasaje de metro de 3%. Y es más: esa semana de demora no vino antecedida de una semantización impugnadora, sino de un estallido de grandes proporciones, con daños patrimoniales de miles de millones de dólares en 48 horas y una conflictividad que se despertó con marchas y protestas diarias. Todo esto, evidentemente, inédito en Chile.

La Encuesta de la Universidad de Santiago (3.000 casos) modeló las principales causas del malestar a partir de las opiniones de los habitantes de Chile. El resultado fue simple: las variables centrales en la explicación fueron la desigualdad, el costo de la vida, la falta de conciencia de las elites y el comportamiento de las empresas.

Santiago de Chile, el 28 de julio.

Santiago de Chile, el 28 de julio.

Foto: Martín Bernetti, AFP

El estallido social en Chile es un evento disruptivo que permite tensionar la famosa frase de Margaret Thatcher conocida como “la sociedad no existe’”. La hipótesis que la observación del caso chileno revela es que las políticas neoliberales efectivamente destruyen la sociedad y ello deja a las elites sin capacidad de administrar el malestar. La sociedad, entonces, sencillamente estalla. El país no estaba particularmente mal para el momento del estallido. Eso lo sabe todo el mundo, pero es además lo interesante. Cuatro días antes el presidente Piñera había dicho que Chile era un “oasis” en América Latina. Sin embargo, la presión había estado acumulándose por años y las señales de ello habían sido ignoradas. La forma específica del “bienestar” de Chile, que no era más que mayor acceso al consumo, era de alguna manera intolerable. Y bastó que un grupo de quinceañeros politizara el momento del aumento del valor de un pasaje de metro para que una inimaginable distopía se hiciera carne y para que una sublime utopía fundamentara la lucha.

En una ironía que no lo es tanto, la derecha neoliberal decidió que es capaz de entregar la Constitución política, pero no aumentar el gasto social. Será ceguera o talento, no lo sabemos, pero apuestan a que un cambio político es menos lacerante para sus intereses que tener que entregar dinero. Quizás se explique por el hecho de que el presidente de la República es uno de los cinco billonarios más grandes de país.

Alberto Mayol es sociólogo, licenciado en Estética, master en Ciencia Política y Sociología. Actualmente es vicedecano de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad de Santiago de Chile. Ha sido elegido como uno de los tres principales intelectuales de Chile de acuerdo a la Encuesta Feedback y La Segunda. Tres de sus libros de sociología están entre los más vendidos en la historia de la sociología chilena. Sus principales temáticas están asociadas a la teoría de la cultura, el malestar social, las transformaciones sociales y el problema del poder.


  1. Mayol, Alberto. El derrumbe del modelo. La crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo. Santiago: Editorial LOM, Colección Sociología /Ciencias Humanas, 2012.