Un escritor, un ilustrador y un artista visual decidieron hacer un proyecto juntos que los desplazara de sus roles habituales, de sus estrategias aprendidas, y así pudieran emprender un nuevo recorrido guiados por sus diferentes disciplinas. En La piel de metal, Rafael Juárez Sarasqueta (escritor, artista), Richard Ortiz (dibujante) y Marcial Patrone Bessio (artista plástico) invitan al lector a un viaje imaginario, mientras revalorizan objetos inclasificables que han sido descartados y olvidados. En el transcurso, los tres desnudan sus procesos y se exponen, para ir hacia la búsqueda de lo bello, pero siempre enfocados en lo incompleto e imperfecto. Así, el libro se convierte en una aproximación al circuito de creación y un desafío a recuperar “las huellas borradas”.

¿Cuándo surgió la idea de La piel de metal?

Rafael Juárez: Somos amigos desde hace mucho tiempo, pero nunca habíamos trabajado juntos en una misma obra. Con Richard manejábamos la idea de hacer un libro ilustrado tradicional, pero eso no incluía a Marcial, así que pensando la manera de hacerlo y considerando que ya había escrito textos para algunas de sus exposiciones, se me ocurrió una fórmula sencilla: hacer un recorrido posible a través de su proceso creativo.

Este fue el punto de partida, y enseguida se acordaron algunas condiciones: no hacer un libro de entrevistas ni un catálogo, y ni siquiera un libro sobre la obra de Marcial, sino intentar visibilizar y comunicar una serie de procesos; presentar algunos recursos que pueden ayudar a comprender tanto la obra como sus procesos. Y, algo importante, que la experiencia nos llevara a los tres a explorar lugares poco transitados de nuestras disciplinas. Que la creación de ese artefacto implicara experimentar, desarmar la idea de autoría y volver a ensamblarla, y que el libro se convirtiera en una obra en sí mismo. Así que planteamos el proyecto, lo presentamos a los Fondos Concursables en 2017, y fuimos seleccionados.

Para crear el protocolo primero tuvieron que definir el método escultórico de Patrone, las técnicas de dibujo de Ortiz y el sistema de escritura de Juárez. ¿Qué nos pueden contar sobre cada uno?

Rafael Juárez: En el prólogo del libro, Pina se refiere al protocolo en forma irónica, porque en realidad contábamos con una serie de herramientas personales, pero estábamos decididos a usarlas de manera diferente a la habitual, y por lo tanto carecíamos de protocolo. Durante el proceso fuimos comparando las maneras de trabajar, buscando similitudes y puntos de contacto entre los modos de ensamblar metales, dibujar, fotografiar y escribir, porque el libro tenía que ser el resultado de una especie de montaje, de diseño y producción de un aparato. En mi caso, trato de escribir y reunir textos diversos que en apariencia sólo tienen en común que fueron escritos por la misma persona y en cierto lapso. Cuando tengo la cantidad necesaria de material bruto, de fragmentos, cuando tomo piezas y las dispongo en cierto orden, cuando descarto, corrijo y escribo sobre las conexiones que surgen, siento que recién comienzo la tarea de escribir.

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Marcial Patrone: Me siento un hacedor, un tipo práctico, y el proyecto me puso en el desafío de explicar cómo trabajo y cuál es la experiencia artística que quiero transmitir. Para lograrlo tuvimos un buen tiempo de conversaciones e intercambio escrito, y después se desarrolló el material gráfico, fotos y dibujos. Las fotos se hicieron en la feria de Tristán Narvaja y en mi taller; allí pude ver cómo Rafael y Richard miraban el espacio y los objetos con su impronta, con sus subjetividades que fueron novedosas; vi ese espacio, tan propio, cruzado por sus miradas. Si bien nos une una larga amistad, esta vez nos instalamos en un lugar de intercambio que era inusual. Compartir a fondo la edición de los insumos que se iban generando fue muy enriquecedor. Un lindo juego.

Richard Ortiz: Tenía una idea clara de lo que podía llegar a ser el libro, pero no podía visualizar exactamente cómo iba a encarar el proyecto desde mi lugar. Al principio fui un poco a mi zona de confort, el cómic más clásico, pero me di cuenta de que podía terminar empobreciendo el conjunto, que tendría que atacarlo desde otro lado, iba a tener que desarmarme o algo así. Dejar un poco de lado mis vicios del oficio y al menos tratar de deshacerme de mi ego.

Así como Patrone primero va reconociendo los materiales, el color, la forma, y luego procede a la intervención, me imagino que ustedes fueron reconociendo sus etapas, sus procesos, para luego crear este trabajo en conjunto. ¿Cómo llegaron al formato de las fotografías intervenidas, el rumbo de los dibujos, los documentos, el tono de la narración?

Rafael Juárez: empezamos haciendo una serie de conversaciones por escrito, en las que básicamente preguntábamos y volvíamos a preguntar hasta descomponer las respuestas y dirigirnos hacia las cuestiones más básicas y profundas del proceso de trabajo de Marcial. La intención era acumular material en abundancia, sin orden y de manera intuitiva. Frente a las innumerables posibilidades de abordar el trabajo visual, nos planteamos acotar las formas, y de esta manera algunas decisiones estéticas fueron definiendo los procedimientos que utilizamos. Por ejemplo, acordamos mostrar la feria y el taller con fotografías en blanco y negro, con cámaras no profesionales y con una iluminación escasa. Y así como los procedimientos iban demandando instrumentos para ejecutarlos, los elementos iban generando vínculos y exigiendo procedimientos de otra disciplina. Otro ejemplo, necesitábamos lograr una transición del blanco y negro al color para mostrar algunas de las obras de Marcial. Entonces a partir de una anécdota infantil, que estaba medio sepultada en la masa de texto, surgió un elemento metafórico que nos llevó a la presencia de las chispas y el fuego, y eso nos sirvió para generar ese deslizamiento que conduce de un ambiente a otro.

Bromeando sobre la idea del escritor fantasma, sugerí que el texto del libro fuera como una presencia fantasmal, un residuo, aunque pulido, del texto inicial. Y la idea de fantasma se trasladó a las fotografías. Pensamos que era interesante que un fantasma recorriera el taller vacío y, en penumbras, trabajara con las herramientas. Que a partir de este recurso visual, de esta perturbación, se generara otra capa de realidad simultánea sobre el registro de la imagen. De ahí surgen las intervenciones dibujadas que hizo Richard sobre las fotografías.

Convertir a Marcial en el narrador parece una obviedad, pero es una decisión que implicó movimientos invisibles. El texto es el producto de preguntas y respuestas que dejaron de ser un diálogo para convertirse en un proceso intervenido por tres personas, y luego fue sometido a una edición exhaustiva, entonces la idea de autor se desarma, fluye entre el narrador, el personaje, el escultor y el escritor. Consideramos que La piel de metal es una ficción basada en hechos reales.

Richard Ortiz: En mi caso, el concepto que me ayudó mucho fue el de “dibujo fantasma”, establecer un diálogo o contrapunto con las fotos. Ahí empecé por algo muy básico: cambiar el lienzo blanco por fotos. Rayar encima de las fotos, impulsivamente en un principio, como viendo de afuera qué hacía la mano, y luego ya con más propósito o estructura. También como un mecanismo para combatir los nervios que me genera la página en blanco, al principio tiendo a rayar mucho para luego ir trabajando y poniendo orden sobre ese caos. Aquí las rayas también implican un orden, un ritmo. Atrás de esto, y en la línea, está mi gusto por los grabados antiguos, y también por el hecho de trabajar en blanco sobre negro.

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Si con la obra se busca inducir al otro a un estado de contemplación, ¿eso también es lo que guía al libro y su recorrido en torno al proceso creativo?

Rafael Juárez: Creo que se menciona la contemplación como el acto de observar algo con atención. También para nombrar al estado espiritual cuando alguien logra abstraerse de sus pensamientos y sensaciones, lo que implica a su vez sumergirse en un estado diferente al habitual. Así entendida, la contemplación se manifiesta y es necesaria durante cualquier proceso creativo, y estuvo presente en nuestro recorrido. Pero en el acto de contemplación hay connotaciones que refieren a una observación distante, a cierta pasividad exterior, que no ocurrió durante el desarrollo de la obra.

En el prólogo se dice que introducirse en el libro, “convierte al Otro, no ya en lector, sino en cómplice de un artificio”. La percepción requiere una participación activa, complicidad y atención. Nos interesaba invitar al lector a atravesar una experiencia que por momentos es caótica, y en contraste evidente con la realidad del taller de un escultor, con sus ruidos mecánicos, el fuego de la fragua, la luz fría, consideramos necesario que la invitación fuera amable y serena.

¿Qué experiencia dirían que les dejó este “sumergirse en lo incierto”?

Marcial Patrone: Mi encare frente al hacer artístico comienza sin saber cuál va a ser el derrotero, trabajo con esa incertidumbre como escultor. Desde allí, creo que puedo encontrar algo novedoso, que me sorprenda, como si el resultado hubiese salido de un lugar que no soy yo, que no es desde lo aprendido.

La sorpresa en La piel de metal se dio por varias vías, ya no en solitario. Comenzaron a aparecer los textos modificados por Rafael, las fotos intervenidas con los dibujos de Richard, situaciones estéticas que me sorprendieron y me enriquecieron. Si se logra superar los obstáculos, sumergirse en lo incierto acarrea nuevos conocimientos y gratifica.

Richard Ortiz: Fue una experiencia nueva para mí. Si bien el trabajo en el cómic es muchas veces en equipo, porque puede haber un guionista, un dibujante, un colorista, un rotulador, cada uno hace su parte por separado, y recién cuando sale publicado el cómic se aprecia el resultado final. En La piel de metal el encare era bien diferente; era un trabajo en equipo, sí, pero en el que las individualidades casi desaparecieron. Por poner un ejemplo bien gráfico, durante las sesiones de fotos, mientras uno apuntaba el objetivo de la cámara, otro generaba un juego de luces con un foco y el otro sugería un cambio en el encuadre. Yo no incidí prácticamente en el contenido de los textos, pero sí sugerí alguna modificación en el orden. Rafa y Marcial me sugerían cambiar alguna foto que tenía de base para un dibujo. Dejamos de ser piezas en una maquinaria para transformarnos casi en una entidad exterior a cada uno de nosotros.

Rafael Juárez: Para mí fue una experiencia de exploración y de crear desde un lugar diferente, no sólo porque se trataba de una actividad compartida, sino porque aunque sabíamos desde el inicio con qué recursos contábamos y el formato ya estaba determinado, los procedimientos y las maneras de hacer iban apareciendo a medida que se necesitaban durante la gestación del libro. Y también fue una forma de sumergirse en el otro, en los otros, tratar de comprender, de integrar, de ver las cosas desde otro lugar. El producto La piel de metal es una especie de iceberg; lo que emerge a la superficie es el libro, pero debajo está toda esa masa inmensa e invisible que fue el proceso creativo compartido.