“Sword & Sorcery” (espadas y hechicería) es el nombre del subgénero que vincula en épicas aventuras a espadachines guerreros con un ambiente fantástico donde, mediante la aparición de la magia, cualquier cosa puede pasar. Aunque son muchos sus cultores, tanto en literatura, cómic o cine, hay un nombre indispensable para esta clase de relatos, y es el de Robert E Howard (1906-1936). El escritor texano de vida breve es el inventor de nada menos que Conan el Bárbaro, protagonista de una tanda de relatos consagrados en las revistas pulp que colmaban los quioscos estadounidenses hace un siglo.

Cuando esta clase de relatos triunfó en el cine, también fue de la mano de Howard, puesto que es la adaptación de Conan a cargo del mítico director John Milius en 1982 la que catapulta a los guerreros con espadas y sus antagónicos malvados hechiceros a las pantallas. El fenómeno continúa –con altibajos– hasta nuestros días con producciones de fantasy tan populares como Juego de tronos y The Witcher.

La nueva temporada de The Witcher, en Netflix, es francamente mala, pero la misma plataforma ofrece ahora Nero (o Nero, el asesino), la serie creada por Jean-Patrick Benes, Nicolas Digard y Martin Douaire, que recoge el testigo.

El héroe del título es interpretado bravamente por Pio Marmaï, quien así se consagra como protagonista luego de su doble aparición como Porthos en las nuevas de Los tres mosqueteros. Nero es un sicario allá por el 1500, hombre de confianza del vizconde de Rochemort (estupendo Louis-Do de Lencquesaing) y encargado, junto con otro grupo de asesinos, de hacer todo el trabajo sucio que se tercie de una manera alegremente amoral, que no tendrá inconvenientes en ir narrándola él mismo.

El inconveniente es que resulta ser, en apariencia, el último descendiente del mismísimo Diablo, lo que pone precio a su cabeza: es perseguido por la Iglesia, por una bruja (alucinante antagonista de Camille Razat) y por su propio empleador, quien no duda en entregarlo. Pronto, se revela que no es él ese último descendiente, sino Perla (Lili-Rose Carlier Taboury), la hija que ha abandonado los últimos 14 años, y esto opera un –lento, lentísimo– cambio de corazón en el asesino, obligado a salvar a su hija de toda esta persecución.

Así, las espadas y la magia de siempre pasan por el tamiz moderno y francés que propone la serie. Hay alucinantes coreografías de combate y una idea de la magia como algo sucio, costoso y dañino para sus propios practicantes, pero sobre todo nos dejamos llevar por un personaje increíblemente bien escrito, un antihéroe con todas las letras. Asesino a sueldo, gris y amoral, nunca sabemos qué esperar de Nero. Sus aventuras recuerdan muchísimo a una partida de rol, ambientadas en una Edad Media completamente ficticia, pero que toma elementos tanto de la historia –el culto de sádicos penitentes es real– como del imaginario colectivo. Así, religiones, plagas divinas, descendientes del diablo, luchas emocionantes y mucho humor se dan cita de la mano de un elenco estupendo, con grandes personajes que irán acompañando la aventura.

Hay algo de la maravillosa inventiva del guionista paraguayo [Robin Wood]https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2021/10/cronotopo-con-arena/) en su escenario (me hizo acordar a Dago), pero también se da lugar a reinvenciones de géneros clásicos pero algo abandonados, como los piratas (suenan ecos de lo mejor de Piratas del Caribe) o el spaghetti western (esos paisajes desolados donde transcurre todo el relato son filmados en la misma España que nos dio tantos clásicos de cowboys).

Cierto es que quizás pasa demasiado en sus ocho episodios, lo que termina por reiterar algún conflicto o cambio de corazón, y algo del imponente impulso del inicio se diluye, sobre todo para dejar un “gancho” para una supuesta segunda temporada, pero de todos modos Nero es una gran sorpresa para todos los que amamos los espadachines, los héroes y villanos, la magia de maravillarse con la aventura en su expresión más pura.

Nero. Ocho episodios de 50 minutos. En Netflix.