El otro día encontré un tuit de una tal Katie Dey que decía: “El concepto de cringe realmente condenó a los pibes a una vida de temerosa y reprimida insipidez”. La traducción es mía. Y me puse a pensar en algunos de los chistes más chotos de la trilogía original de La pistola desnuda y cómo me costó reírme de chistes de similar chotez en la nueva iteración (aclaro que no soy ningún pibe).

Más allá de la edad, a veces estamos demasiado atentos a una mirada ajena en materia de opiniones. El cringe, ese concepto que engloba vergüenza propia y ajena, termina predisponiendo muchas experiencias artísticas o simplemente de entretenimiento. Como una autocensura previa al disfrute, apuntalada por una industria del entretenimiento cada vez más dominada por los contadores de los accionistas. Si la película (hablemos de cine) se inclina más hacia la careta de la comedia que a la de la tragedia, el riesgo cringístico es altísimo. Porque llorar la muerte del hijo de Shakespeare no da cringe.

Con una potencia capaz de derrumbar todos estos preconceptos y recordarnos (si nos dan los números) aquella época en la que regresábamos del videoclub con la esperanza nada secreta de pasar bomba por 90 minutos, llega a las salas de cine ¡Ayuda! (Send Help), la más reciente obra de Sam Raimi, un director que lleva más de 40 años dándonos un golpecito en la espalda e invitándonos a pasarlo bien. A veces asquéandonos un poco en el proceso.

No me considero un raimista de ley (qué cantidad de neologismos en un solo texto) y me debo una revisión de su trilogía de Spider-Man, sobre todo desde que Marvel parece haber puesto el piloto automático, con excepciones como su Doctor Strange en el multiverso de la locura, donde el auteur estaba en pugna con el mandato de los estudios. Así que una afirmación como que jamás me había divertido tanto mirando una película de Sam Raimi tiene un peso relativo bastante bajo.

Dicho esto, llevaba mucho tiempo sin divertirme tanto en el cine. Sin experimentar una comedia negra (con toques de suspenso y terror) como aquellas dirigidas por Danny DeVito como Tirá a mamá del tren o La guerra de los Roses (el plural del apellido es incorrecto, pero así quedó grabada en mi memoria). ¡Ayuda! salió directamente de un videoclub del siglo XXI, pero a diferencia de las películas que existen en ese nuevo limbo de “estrenadas directamente en plataformas” es posible verla en pantalla grande, y recomiendo que lo hagan aunque sea para no distraerse y prestar atención durante 115 minutos. Guarden el celular en la mochila. Lleven mochila para guardar el celular.

Una pieza fundamental para el éxito de esta aventura es Rachel McAdams, una actriz que puede hacerlo todo, pero que cuando está acompañada por un buen guion de comedia es arrolladora, como lo demuestran la increíble Noche de juegos y Eurovision: la historia de Fire Saga. Ella es Linda Liddle, una pobre empleada de oficina que es presentada casi como una caricatura de aquella era de las corporaciones malvadas (ahora directamente son diabólicas). Despeinada, despistada y con restos de un sánguche de atún en el rostro. Esto no solamente nos lleva a una época hermosa de la comedia, sino que nos ahorra preciosos minutos de establecimiento del personaje. Para mejor, luego conoceremos otra parte completamente distinta de su personalidad, porque así es la gente.

Linda tiene todo para ser pisoteada por sus misóginos superiores, que incluyen al nuevo capo de la empresa, que acaba de heredarla de su fallecido padre (cameo obligatorio de Bruce Campbell en una fotografía que aparece lejos y fuera de foco). Aquel ascenso que le prometió Campbell es ignorado por Bradley Preston (Dylan O’Brien), más preocupado por jugar golf y compartir la mesa de directivos con sus bros. Villano total.

Todo cambia y el guion llega al punto bastante temprano en la historia, algo que ya está pasando de moda. Un accidentado vuelo en avioneta (al que Raimi le saca todo el jugo posible) termina con Linda y Bradley en una isla desierta en el medio del golfo de Tailandia. El jefazo está herido, pero ella le da los mejores cuidados posibles porque es una fanática de las técnicas de supervivencia. Tanto, que alguna vez quiso postularse para participar en Survivor.

Ella está en su salsa, como si toda su vida hubiera sido la antesala de ese momento, y McAdams nos convence de eso con cada expresión facial o chillido de entusiasmo. O’Brien está a la altura con un Bradley que le hace mansplaining a quien acaba de salvarle la vida y le dice con total seriedad: “Vos trabajás para mí”. Ese no es el espíritu, jefe.

La historia está lejos de ser una versión isleña de Misery o una simple La isla de los Roses (de nuevo ese plural), porque la relación entre ambos va cambiando muchísimo y de forma orgánica. Hay un momento que parece salido de un corto de los Looney Tunes en el que, temporalmente alejados, Bradley se come un insecto vivo mientras Linda disfruta de una tabla de sushi mientras bebe agua de una taza que tiene su nombre tallado.

¡Ayuda! no es una película de “vueltas de tuerca”, sino de giros que hacen que todo el tiempo nos preguntemos cómo va a continuar. Hay cambios en las relaciones de poder y en cuánto nos simpatiza uno y otro protagonista, e incluso momentos románticos. El guion de Damian Shannon y Mark Swift es un mecanismo de relojería, con suficientes armas de Chéjov como para que no estemos pendientes solamente de una. Raimi es quien eleva esa historia a niveles superlativos con escenas como “la del jabalí”, “la de la resucitación”, o en la escena final, que tiene trazas de El triángulo de la tristeza. Esta es una película de escenas para el recuerdo. Ya tengo ganas de verla de nuevo.

¡Ayuda!, de Sam Raimi. 115 minutos. En cines.