Los tigres de Mompracem probablemente es el libro que leí más veces cuando era chico, al punto de que me sé de memoria su comienzo, con ese tormentoso mar que asola un peñón en medio de la nada, allí donde Sandokán espera por el regreso de su amigo Yáñez, quien viene a contarle de Mariana, la mujer que le quita el sueño. Capitán de una tripulación de sanguinarios –pero heroicos– piratas en las costas de Borneo, que asola y combate tanto a los ingleses como al sultán de Varauni, Sandokán es el protagonista de una docena de novelas (el número no es claro, puesto que estos folletines muchas veces se publicaban en dos partes y en una saga: Los misterios de la jungla negra ni siquiera aparece) escritas por Emilio Salgari entre 1900 y 1913.

Sandokán no siempre fue un pirata. Era un príncipe malayo que con apenas 20 años ganó tanto poder que los ingleses lo destronaron y asesinaron en el proceso a toda su familia. Es así que, años después, busca venganza sin dar cuartel.

Salgari, famoso siempre por describir a la perfección la selva malaya sin haber puesto un pie fuera de Verona, creó personajes inmensos, además de su protagonista: el mejor amigo de Sandokán, y acaso su único igual, el portugués Yáñez de Gomera; el bengalí Tremal-Naik; el maharato Kammamur, más decenas de piratas que tendrán mayor o menor importancia en algún momento de la saga. Se oponen a enemigos no menos memorables: el rajá blanco y cazador de piratas James Brooke; lord James Guillonk, su jurado enemigo, y muchos otros que Sandokán irá apilando como panes de a kilo. No olvidemos a su gran amor, Mariana, hija de Guillonk y que será su oportunidad de redención.

La narrativa de Salgari encontró en Sandokán a su personaje más popular (con perdón del Corsario Negro) y, lógicamente, el cine y la televisión no le fueron ajenos. Sin embargo, sus adaptaciones no fueron demasiado populares ni son hoy de fácil acceso (un fan declarado como quien suscribe sigue sin encontrar la mayoría). Luigi Pavese lo encarnó en dos ocasiones (I pirati della Malesia y Le due tigri, ambas de 1941); el musculoso Steve Reeves hizo lo propio en 1964 (Sandokan, la tigre di Mompracem e I pirati della Malesia), mientras que también en dos ocasiones y ese mismo año le tocó en suerte interpretarlo a Ray Danton en Sandokan alla riscossa y Sandokan contro il leopardo di Sarawak, e Iván Rassimov lo interpretó en la producción española Los tigres de Mompracem, de 1970. La adaptación más mítica y reconocida es la que llevó adelante el actor indio Kabir Bedi, quien se volvió el rostro asociado al personaje a partir de la serie televisiva Sandokán, de 1976, dirigida por el capo Sergio Sollima y dividida en seis episodios de enorme éxito en Italia. Tan es así, que Bedi volvió un año después a interpretar al príncipe pirata en una película para televisión.

Y allí quedamos los fans del personaje, aquellos que nos criamos leyendo a Salgari, esperando algún día verlo nuevamente en acción real. Ahora la RAI se ha encargado de dárnoslo y Netflix de distribuirlo: llegó Sandokán, el príncipe pirata, serie de diez episodios que oficia de nuevo inicio de las aventuras del personaje.

Cabe advertir que estamos ante un relato “inspirado por la obra de Emilio Salgari” y no ante uno que adapta literalmente su obra. Esto, que ofendería a los puristas del escritor italiano en el improbable caso de haberlos, se refleja en variados cambios que funcionan tanto para bien como para mal. Sí, Sandokán (Can Yaman) es el capitán de una tripulación pirata de Malasia. Sí, Yáñez (Alessandro Preziosi) lo acompaña. Y sí, los ingleses son los malos, con James Brooke (Ed Westwick) entre ellos. Pero la narración se presenta con voz propia y con una estructura original.

Sandokán aquí es, antes que un atormentado vengador, un aventurero bienhumorado que irá de a poco descubriendo su verdadero origen. Yáñez tendrá su propio –y bastante innecesario– pasado como religioso jesuita que ha perdido la fe. Y entre los agregados más novedosos y efectivos está el de hacer tremendamente tridimensional a Brooke, al que le atribuye un origen mestizo, una adicción al opio y un enamoramiento genuino por Mariana (Alanah Bloor), que es en esta ocasión mucho más que la damisela en disputa y tiene, a su vez, un arco narrativo mucho más relevante del que tuvo como personaje escrito.

Acaso lo mejor de la serie está en el tono, el clima y la química entre los personajes piratas –la relación Sandokán-Yáñez es perfecta y tanto Yaman como Preziosi nacieron para interpretar a estos personajes– o en lo mucho que se construye alrededor de Brooke. Su mayor inconveniente no deviene, sin embargo, del guion, sino de su producción –que no es que sea poca, sino que es demasiado limpia, pulcra, televisiva–, que no le deja ganar en identidad y por muchos momentos se ve injustamente anónima.

Con todo, la serie no deja nunca de ser entretenida, tiene buenos momentos puntuales (toda la subtrama con Sandokán haciéndose pasar por comerciante es tan Salgari que fascina), hay buenos aportes del elenco más allá de los protagónicos (Madeleine Price, Matt McCooey, el siempre rendidor John Hannah, el veterano de Game of Thrones Owen Teale y, en un simpático giro, Samuele Segreto como Emilio Salgari, aquí miembro de la tripulación pirata). Dan ganas de seguir viendo cómo evoluciona el personaje principal, porque esta primera temporada funciona como “año cero” sobre el que se tejerán futuras aventuras.

Sandokán. Diez episodios de aproximadamente una hora. En Netflix.