Mariano Saborido no es nada de Pedro Saborido, el de Peter Capusotto y sus videos, aunque le encantaría conocerlo y poder contestar que sí a esa pregunta recurrente. Mariano Saborido es argentino, eso coincide, es actor y un nombre que merece un índice propio. Los que lo vieron, un domingo o un lunes, en alguna de las dos funciones que hizo en el Festival Internacional de Artes Escénicas, no se lo olvidan más. Desde el jueves que viene estará por segunda vez en Montevideo con su primer unipersonal, Viento blanco, en el ciclo de verano de la sala Zavala Muniz.

Santiago Loza, con quien estudió dramaturgia, prácticamente escribió la obra para él. Hay bastante del paisaje de Puerto Deseado, provincia de Santa Cruz, el lugar de origen de Saborido, en esta pieza que el autor describió como una suerte de Psicosis queer. “Me interesan personajes que tienen una apariencia opaca, nada extraordinario para contar, ciertas represiones y miedo, rutinas cercanas al aburrimiento. Algo o alguien los impulsa a vivir lo que apenas se animaban a desear”, escribió acerca de Mario, el muchacho que encarna Saborido, que administra un hostal junto a su madre en el despoblado sur, y añora forasteros.

“Básicamente está basado en la geografía de mi pueblo, que es un pueblo patagónico marítimo: los acantilados, el mar frío, el viento, los lobos marinos y demás; hay una iglesia arriba... Es un poco el paisaje sobre el cual Santiago escribió la historia. En ese sentido tienen bastante en común; después es una absoluta invención, no tiene nada que ver con mi vida”, aclara, por las dudas.

Son de Loza El mar de noche, que trajo Luis Machín, y La mujer puerca, con Valeria Lois (de reciente participación en la serie de NetflixEl tiempo de las moscas). Aunque hacía tiempo que no escribía teatro, este monólogo contiene sus rasgos sobresalientes: una devoción algo lasciva, la soledad calada en los huesos, la homosexualidad, los lazos de amor, un afán ridículo y un motivo, un impulso, quizás una salida.

Las fuentes del abismo

Mariano Saborido irrumpe bizco en escena y esa característica tiñe cada palabra y cada nota exacerbada (porque además canta). La bizquera, dice el actor, “fue una joda y quedó”. “Me gusta jugar con cosas del cuerpo. Lo probamos; al principio nos daba mucha risa porque era extraño. Pero había algo de buscar al personaje desde donde sea”.

En cuanto a las destrezas vocales, un poco también, porque es autodidacta y le gusta hacer imitaciones, además de que ya sostuvo un musical, Paraguay, durante varias temporadas. “Santiago había introducido canciones en el medio del texto y en un momento surgió la idea de que cantara. Lo probamos y después inventamos que él canta así porque es el talento oculto que tiene, esa capacidad medio rara de una persona perdida en el medio de la nada, que canta medio como un coro de ángeles. No tiene ningún sentido, más que lo que a él le provoca: la belleza o la emoción. Pensábamos en Susan Boyle, esa británica, una señora re pobre que cantaba en una iglesia, que era bárbara y fue a un show de talentos. Hay algo de eso: alguien que hace algo extraordinario y nadie más que él lo sabe, que ni siquiera lo nota, es como natural para él”.

El agua como elemento intrínseco de una obra que “nombra mucho el mar” se materializa y se desborda en la puesta que hicieron Lois y Juanse Rausch, secundados por el escenógrafo que colocó como pieza central una pileta. Como señala Saborido, puede confundirse con un altar “o es un tótem en un patio de iglesia” y no se sabe bien si está fuera o dentro del recinto. “Se imaginaba una ‘fuente’ porque la obra tiene un componente bastante importante de la religión y a la vez medio pagano también, porque es algo religioso que él mismo se inventó. Y el agua en la religión, por lo menos en la cristiana: el bautismo, el lavado de manos, la pulcritud, lo limpio y todo eso que hacía un poco de juego con esa parte, si se quiere sacra de la obra”. A eso sumaron las acciones metódicas: lavar sábanas, doblar.

“La obra de teatro es algo vivo, siempre pasa algo”, observa Saborido. “No cambia nada sustancialmente; lo que pasa es que uno va sintiéndose diferente con el tiempo, con los días, con las semanas. Esta, además, implica mucho esfuerzo físico. Obviamente no es lo mismo que cuando se estrenó; eso lo puedo decir como una sensación, como actor. Probablemente, si alguien vio la primera función, ahora también se dé cuenta de eso: no cambió nada en concreto, sino que la obra se desplegó y se sigue desplegando, como cualquier otra. Es la búsqueda siempre, y creo que es lo lindo del teatro, que es un poco plástico, algo que se abre constantemente sobre una base que está fija”.

Este año seguirá, además, con Lo que el río hace, un espectáculo de las hermanas María y Paula Marull que se estrenó en 2022 en el Teatro San Martín y continúa en el Teatro Astros. “La protagonista es una mujer que tenía una relación un poco distante con su padre. Cuando él se muere, ella vuelve a su pueblo, empieza a recordar y se empieza a encontrar con los personajes de su pasado, de su infancia y de su esencia”, resume sobre la línea argumental. “La gente se emociona mucho porque es un poco como la historia de la humanidad, el ciclo de la vida”.

Saborido, que además trabaja en tiras y películas (estuvo en La hija del fuego, con Eugenia China Suárez), tenía tres obras en cartel el año pasado: “O sea, hacía teatro todos los días; creo que tenía solo un día libre”. Y 2026 no será muy distinto, porque está ensayando, con Lucía Aduriz (Quiero decir te amo), una obra de Rausch que piensan estrenar en abril. “Es la historia de dos hermanos muy mayores que fueron un actor y una actriz muy importantes de otra época”, adelanta. La obra evoca de algún modo velado a Jorge y Aída Luz, a los que admiran y quieren homenajear. “Estamos construyendo ese mundo de dos hermanos actores que viven juntos, que se preguntan por la vejez y hablan de qué es actuar y de lo que significa el teatro para ellos”.

Viento blanco. Del 19 al 21 de febrero a las 21.00 y domingo 22 a las 19.30 en la sala Zavala Muniz del teatro Solís. Entradas $ 650.