Llegó la hora: los algoritmos quedaron frente a la Justicia. Dos fallos recientes en Estados Unidos responsabilizaron a gigantes tecnológicos por los efectos de sus plataformas en la salud de niños y adolescentes, y abrieron un debate que involucra ciencia, política y negocios: ¿hasta qué punto el diseño de estas plataformas puede dañar la salud mental de quienes las consumen?

Especialistas de Brasil y Uruguay consultados por la diaria coincidieron en que estos fallos marcan un “quiebre”, suponen un “antecedente muy importante” y desplazan el foco de la discusión del contenido al diseño de las plataformas. Sin embargo, mientras algunos expertos señalaron que la adicción que generan las redes sociales está probada, otros advirtieron que la evidencia es aún insuficiente y que el fenómeno es más complejo.

Frente a este escenario, ¿puede América Latina –y en particular Uruguay– regular a estas plataformas para proteger a sus niños, niñas y adolescentes? Para los especialistas, la respuesta está lejos de ser simple. Mientras algunos ven en los fallos una oportunidad para avanzar en nuevas estrategias legales y regulatorias, otros advierten sobre los límites reales de países pequeños, como Uruguay, frente a corporaciones globales.

Un punto de inflexión

Para el especialista Gustavo Gómez, los fallos de la justicia de Estados Unidos suponen un cambio histórico. “Son un antecedente muy importante”, señaló el director del Observatorio Latinoamericano de Regulación, Medios y Convergencia (Observacom), quien destacó que ocurren en un país donde las empresas operaban con “un marco legal de impunidad”.

El giro, explicó, está en el enfoque: “el fallo coloca la responsabilidad por actos propios de las plataformas como el tema central [...] y no el contenido”.

El 25 de marzo de 2026 un jurado en Los Ángeles encontró a Meta y Google (por Youtube) responsables por la adicción de una joven de 20 años y determinó el pago de una compensación de seis millones de dólares. El jurado concluyó que Meta y Google “actuaron con malicia, opresión o fraude” por la forma de operar sus plataformas.

Un día antes, otro fallo en Nuevo México responsabilizó a Meta por exponer a menores a contenido sexual y depredadores. En ambos casos, las gigantes tecnológicas anunciaron apelaciones.

En una entrevista con ABC, que fue publicada el 28 de marzo, el exdirectivo de Meta Arturo Béjar dijo que “Instagram enseña vídeos de tus hijos a pedófilos”. Su testimonio fue clave para que la empresa haya perdido los dos juicios en Estados Unidos. Béjar dijo que las multas no representan montos importantes para la empresa, sino que lo medular es lo que “puede ocurrir a partir de aquí” y remarcó que espera que estos juicios fuercen a Meta a cambiar el funcionamiento de sus plataformas.

“Me di cuenta de que Instagram seguía facilitando la conexión de los usuarios menores con extraños. También vi que los filtros no funcionaban, y que si un niño empezaba a buscar contenido relacionado con el suicidio o el sexo lo podía encontrar”, indicó.

Qué cambia con los fallos

La doctora en Ciencias Sociales Carolina Aguerre y el psicólogo Roberto Balaguer remarcaron que las sentencias judiciales “abren la puerta a que se analice una serie de casos”, son “positivos porque arrinconan a las empresas” y suponen un “quiebre importante, aunque todavía no definitivo”.

Aguerre consideró que estos procesos generan incentivos para que haya cambios en las propias empresas: “lo que más probablemente empiecen a hacer es una mayor autorregulación [...] para generar herramientas que les den más confianza a los usuarios”.

De cara a América Latina, Balaguer advirtió contra respuestas simplistas: “No conviene copiar sin más la respuesta punitiva o prohibicionista”.

Por su parte, Gómez insistió en que el mayor impacto de los fallos es conceptual. “Es un quiebre”, afirmó, al señalar el pasaje “de la responsabilidad por contenido de terceros a la responsabilidad por actos propios”.

Esto implica que las plataformas pueden ser responsables no por lo que un usuario publica, sino por cómo sus algoritmos facilitan interacciones riesgosas: “No se lo responsabiliza por el contenido que un pedófilo publique, sino porque la plataforma permitió, es más, recomendó o facilitó el vínculo del pedófilo con el niño”.

En la región, Gómez consideró que estos antecedentes deberían ser tomados como referencia. “América Latina debe tomar nota, debemos tomar nota incluso desde la sociedad civil para llevar a juicio a estas plataformas sin esperar regulaciones perfectas”, planteó.

En cambio, el investigador Matías Dodel, responsable del informe Kids Online Uruguay (que estudia los derechos, beneficios y riesgos del entorno digital para niños y adolescentes), relativizó el alcance de los fallos judiciales: “La validación del vínculo entre el diseño algorítmico y la salud mental infantil debe basarse en estudios científicos de calidad [...] no en juicios en los que jurados norteamericanos opinan sobre el tema”.

No obstante, dejó abierta la puerta a la intervención estatal: “Ello no quita que, si se demuestra que las grandes corporaciones no se preocupan por la seguridad de niños, niñas y adolescentes a la hora de diseñar sus productos o de advertir de los potenciales riesgos, los estados no deban intervenir. Pero intervenir y regular no debe ser, por defecto, prohibir”.

Por su parte, la magíster en psicoterapia cognitiva Lorena Estefanell consideró que la regulación es necesaria, pero no suficiente. Al mismo tiempo, advirtió sobre una posible simplificación del problema: “tampoco podemos creer que es el único cambio que necesitamos para que los chicos estén protegidos”. En su análisis, la clave está en la articulación de actores: “También necesitamos una familia y una educación que entienda su rol protagónico en el impacto que estos dispositivos tienen”.

Evidencias: ¿sí o no?

Uno de los elementos más relevantes de los casos, según Gómez, es la evidencia presentada durante los juicios. “Se encuentran evidencias de las cuales se viene hablando hace mucho tiempo respecto no solo del daño a la salud mental, sino también a la seguridad de los niños en temas de protección frente a acoso sexual, acceso a contenidos ilegales y dañinos para su salud, su exposición a redes de trata y de pedófilos”, afirmó.

Para el especialista, esto es clave porque confirma que no se trata de efectos imprevistos, sino de decisiones deliberadas: “Estas empresas no solo lo tenían claro, sino que lo ocultaron, engañaron a sus usuarios y además lo hicieron a propósito”. “Es decir, no solamente lo hicieron a sabiendas, sino intencionadamente para obtener dinero a pesar del daño que podrían ocasionar”.

“La evidencia no autoriza un pánico moral simple, pero sí justifica plenamente una política pública de protección”. Roberto Balaguer.

Con relación a la posible adicción, sin embargo, Dodel advirtió que la evidencia científica aún es más matizada de lo que sugieren algunas interpretaciones judiciales. El doctor en sociología y profesor de la Universidad Católica se mostró más partidario de hablar de comportamientos asociados a un uso problemático de Internet que de adicción. “Es una cuestión semántica podrían decir algunos, pero sucede que después las personas hacen una analogía lineal y problemática entre lo digital y sustancias psicoactivas que, personalmente, no solo creo que sea equivocada, sino también peligrosa”, remarcó.

Por su parte, Aguerre consideró que la evidencia disponible aún no permite conclusiones definitivas y remarcó que el tema sigue abierto. “No hay mucha evidencia contundente”, señaló Aguerre, quien es profesora de la Universidad Católica del Uruguay y experta en gobernanza de tecnologías digitales. En esa línea, remarcó que gran parte de los estudios muestran correlaciones más que causalidades.

No obstante, dijo que hay algunos consensos por parte de organismos internacionales como Unicef, que señalan que el uso de redes promueve la secreción de hormonas como la dopamina o la adrenalina que están asociadas a “estímulos constantes y refuerzos de comportamiento”. Pero, por otro lado, hay otros trabajos que remarcan los beneficios que tienen las redes para los jóvenes a nivel de socialización, destacó.

Más allá del debate, la experta sostuvo que hay un punto central: la opacidad de las plataformas: “Estas empresas no son transparentes en cómo diseñan sus algoritmos y cuáles son esos incentivos para capturar la atención”.

Desde la psicología

Balaguer planteó una mirada matizada: apuntó a que no todo uso es dañino, pero ciertas condiciones sí incrementan riesgos. “La evidencia psicológica hoy permite decir algo bastante claro: no todo uso de redes daña, pero ciertas combinaciones importantes como edad temprana, alta exposición, diseño persuasivo más vulnerabilidad previa sí aumentan el riesgo de malestar emocional”, afirmó el psicólogo e investigador especializado en tecnología, educación y juventud.

En ese marco, enumeró efectos cada vez más frecuentes: “Problemas de sueño, comparación social, insatisfacción corporal, síntomas depresivos, ansiedad y formas de uso compulsivo aparecen cada vez con más frecuencia”. También advirtió sobre riesgos específicos: “El abuso de filtros de imagen desde edades tempranas se asocia con el desarrollo posterior de dismorfia corporal en algunas personas”.

“El uso excesivo suele ser un síntoma de problemas subyacentes, como la ansiedad o la depresión, más que una adicción química comparable a la de las sustancias. [...] En lo que respecta a niños y niñas pequeños, también puede ser que quienes estén expuestos a un exceso de pantallas e imágenes dinámicas crezcan en contextos de otras carencias”, agregó.

Para Estefanell el punto de partida de este debate es claro: más allá de la evidencia científica, el problema radica en cómo están concebidos estos entornos. “No me animo a contestar de qué manera impactan las redes en la salud mental, pero sí me animo a decir que en ningún momento están pensadas teniendo en cuenta la salud de los niños y los adolescentes”, afirmó la también autora del libro Habilidades digitales. Herramientas para educar en tiempos de pantalla.

En esa línea, describió una diferencia estructural entre lo físico y lo digital: “En el mundo virtual, nadie está pensando en cómo proteger los derechos de los niños y los adolescentes. Es un mundo que está diseñado con otras lógicas”.

El negocio detrás de las redes

Desde el derecho, el profesor de la universidad brasileña Fundaçao Getulio Vargas Filipe Medon advirtió sobre el modelo de negocio de las redes y la necesidad de avanzar en regulaciones específicas. El doctor en Derecho Civil señaló que el diseño de las plataformas impacta en la salud mental y remarcó que los médicos están “preocupados”. “Hay cuestiones de ansiedad, de comparación entre niños, [...] cyberbullying”.

Para Medon, el punto central está en cómo funcionan las plataformas. “Estos sistemas de plataformas son creados, en gran medida, para generar adicción. [...] Las plataformas tienen como modelo de negocio recopilar datos personales para hacer perfiles comportamentales”, explicó.

A partir de eso, describió su lógica: “La plataforma empieza a compartir contenido que está de acuerdo con estos perfiles, y este contenido hace la retención de la atención”. Y agregó que esa atención luego se monetiza en “publicidad, propaganda política, ideológica y hasta desinformación”.

Sobre los recientes fallos en Estados Unidos, Medon destacó su valor más allá de lo económico: “Fueron muy importantes, sobre todo por su efecto simbólico para [...] quebrar con la idea de que las plataformas no deben ser responsabilizadas por sus acciones”.

Finalmente, Mendon planteó que América Latina tiene margen para anticiparse: “Tenemos esta posibilidad [...] para tener una mirada crítica sobre el diseño algorítmico y hacer prevalecer el interés superior de los niños”.

En la misma línea, Gómez fue enfático al referirse al concepto de diseño adictivo en plataformas digitales: “Lo importante de los fallos es que se comprobó el diseño adictivo. No hay ninguna duda, esas herramientas están diseñadas para generar una forma de involucramiento del niño por el cual no pueda salir [...]. Esta gente priorizó ese diseño que buscaba la adicción, el enganche, la permanencia de niños, niñas y adolescentes en sus redes para hacer plata”, sostuvo.

Asimismo, Dodel reconoció que existen elementos de diseño orientados a captar la atención. No obstante, introdujo un matiz relevante: “Tampoco existe evidencia contundente (o al menos acuerdos en la academia) de que esta arquitectura engañosa sea estrictamente ‘adictiva’”.

Para Dodel, el punto central es comprender la complejidad del fenómeno: “La salud mental –de niños, niñas y adolescentes, pero también de adultos– es multifactorial”. Esto implica que las plataformas pueden influir, pero no son la única causa: “Para algunos jóvenes vulnerables, estas plataformas pueden exacerbar síntomas preexistentes, aunque no sean necesariamente la única causa”, dijo.

Diseños que enganchan

Consultado sobre el concepto de “arquitecturas adictivas”, Balaguer sostuvo: “Yo diría que sí, pero con alguna precisión. No en el sentido simplista de que ‘toda red social es una droga’, sino en el sentido técnico de que muchas plataformas usan rasgos de diseño que buscan aumentar la compulsividad”.

Entre esos mecanismos mencionó el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones constantes, el ranking algorítmico y las recompensas variables. “Es la receta perfecta para eliminar los mecanismos de autorregulación”, explicó.

Al abordar el concepto de adicción, Estefanell introdujo otro enfoque: “Lo primero que tenemos que entender de la adicción es que siempre sucede entre una sustancia, un contexto y un individuo”. En ese sentido, advirtió contra explicaciones simplistas: “Nunca podemos pensar nada en salud mental de forma tan lineal ni tan causal”.

Si bien reconoció que las plataformas operan sobre mecanismos neurobiológicos –“están diseñadas para que, de alguna manera, se vaya segregando dopamina”– aclaró que eso no determina por sí solo una conducta adictiva.

Para Estefanell, el foco no puede ponerse únicamente en la tecnología. “Un niño en realidad tiene muy poca capacidad de autorregular [...] no puede regular la tecnología, tampoco puede hacerlo con el consumo de refrescos ni la hora en la que se va a dormir”. Por eso, planteó que el problema también refleja fallas en el entorno: “Un niño adicto a la tecnología [...] tiene más que ver con el contexto que no está regulando que con el consumo de eso”.

Uruguay: señales y desafíos

Sobre la situación en Uruguay, Balaguer señaló que el tema ya está en agenda y planteó que el país debe optar por una estrategia gradual que combine reglas nacionales, una política educativa clara sobre celulares en centros, vigilancia epidemiológica sobre sueño, ciberacoso, autolesiones, imagen corporal y uso problemático, protocolos de salud para la detección temprana y campañas de apoyo a familias.

“El problema no es la tecnología en sí, sino un modelo de negocio que convierte la atención infantil y adolescente en materia prima. [...] La evidencia no autoriza un pánico moral simple, pero sí justifica plenamente una política pública de protección”, concluyó.

Por su parte, Aguerre fue clara sobre las limitaciones que enfrenta el país: “Uruguay representa un mercado pequeño por lo que no va a lograr generar ninguna política específica en solitario” frente a las empresas. La experta sostuvo que este desafío también se enmarca en un escenario en que el gobierno de Donald Trump asume que cualquier regulación a una empresa de Estados Unidos es un ataque al país norteamericano.

Frente a esta situación, planteó la necesidad de que el país promueva alianzas con el Mercosur y la Unión Europea en materia de regulación para evitar enfoques simplistas. Asimismo, recordó el caso de Spotify, que en su momento amenazó con irse de Uruguay debido a cambios en la Ley de Rendición de Cuentas. “Uruguay tendría que tener cautela porque es muy difícil que pueda tener éxito, para estas empresas no somos un mercado relevante. Regular y hacer un papelón no es una opción”, remarcó. En cambio, propuso estrategias más pragmáticas: “invitar a estas empresas, proponer un diálogo constructivo y unas medidas mucho más aterrizadas”.