“Nunca más se utilizará el inmenso poder del Estado como arma para perseguir a los opositores políticos. No permitiremos que eso suceda. No volverá a suceder”, dijo Donald Trump en su discurso de asunción de la presidencia. Poco más de un año después, el gobierno de Estados Unidos no solo ha detenido y deportado a migrantes sin antecedentes penales e incluso con estatus legal de residencia, sino que, este 2026, en cuestión de semanas, agentes federales asesinaron a dos ciudadanos estadounidenses que han sido calificados por las autoridades como “terroristas domésticos”. Las muertes de Renée Good y Alex Pretti, y aproximadamente 4.000 arrestos, fueron el saldo de los 71 días de la Operación Metro Surge en Minnesota, que según anunció el jueves el “zar de la frontera” del gobierno de Trump, Tom Homan, ya concluyó.

“Bajo el poder de Trump, con un equipo de gobierno que aprendió de su primera gestión y que hoy tiene mayor respaldo político, el Ejecutivo ha convertido el Departamento de Seguridad Nacional [DHS, por sus siglas en inglés] “en una especie de fuerza de seguridad personal del presidente”, dijo Jonathan Blitzer, escritor y periodista estadounidense especializado en migración, política y asuntos exteriores.

Desde Nueva York, Blitzer conversó con la diaria acerca de la evolución de las agencias del DHS, la profundización de la política migratoria de Trump, el poder de sus principales asesores en la materia, y más.

En uno de tus últimos artículos para el New Yorker das cuenta de que el ICE [siglas en inglés para Servicio de Control de Inmigración y Aduanas] y la Patrulla Fronteriza han operado durante décadas con amplias facultades y grandes presupuestos. ¿Hasta qué punto el recrudecimiento del último año –y, especialmente, del último mes– era previsible? ¿Y cuánto te sorprendió, aun así, la intensidad que tomó?

El ICE es una agencia que forma parte del Departamento de Seguridad Nacional y se formó, como el propio departamento, después de los ataques terroristas del 11 de setiembre [de 2001]. La justificación –que tenía cierto sentido político– era que los terroristas responsables por los ataques del 9-11 habían entrado al país con visados legales, y la idea era que el gobierno tenía que consolidar los poderes policiales con la administración del sistema migratorio para poder conectar cada elemento de la respuesta gubernamental. Por este consenso, el departamento tenía muchísimo dinero y las agencias principales recibían menos controles que otras agencias típicas. Para dejarlo bien claro, esto fue una tendencia bipartidaria; no era una cuestión de que los republicanos fueran más agresivos que los demócratas.

Lo que estamos viendo ahora, para mí por lo menos, sí es sorprendente. Es radical. Esta administración ha convertido este departamento en una especie de fuerza de seguridad personal del presidente. Y, claro, la infraestructura ya existía para este tipo de abuso, pero lo que no había hasta ahora era una administración a la que no le importara nada. Cuando Trump, durante la campaña de 2024, hablaba de deportaciones masivas, yo no creo que el público general entendiera la gravedad de esa propuesta. No estoy justificando el racismo ni la ignorancia del electorado estadounidense, pero estoy bastante convencido de que cuando la gente, en 2024, solía escuchar comentarios de Trump sobre controlar la frontera con México, realizar deportaciones masivas, la idea general de la población promedio era que, bueno, ‘él va a tratar de arrestar criminales’.

El racismo y la ignorancia, como decís, vuelven la migración un terreno fácil para instalar también este tipo de control.

Totalmente. Creo –y esta opinión no es particularmente original– que el laboratorio para este experimento autoritario en Estados Unidos siempre, siempre, siempre ha existido en el espacio migratorio. O sea, el gobierno siempre está probando y explorando estos poderes y estos abusos en el terreno de la política migratoria, por todas las razones obvias y también porque la política migratoria es compleja y la gente no entiende bien los detalles. Por ejemplo, no entiende la dificultad de conseguir una green card, que es para conferir residencia permanente. Hay gente que está esperando décadas para obtener esta tarjeta por colas administrativas, pero la ciudadanía no entiende esto.

Además, no existe una parte del electorado que tenga interés claro en defender a los migrantes, así que para los políticos este tema realmente nunca ha sido una prioridad. Por eso, si un gobierno como este va a abusar de sus poderes, pues ellos saben que la resistencia de los demócratas va a ser bastante limitada, porque los demócratas tienen miedo de parecer demasiado débiles en cuanto a la frontera.

Pero lo que estamos viendo ahora es una identificación total y radical de los abusos históricos de estas agencias. Por encima de todo esto, estamos viendo también que estas agencias no están respondiendo las órdenes de jueces que han intervenido en algunos casos concretos. Este proyecto de las deportaciones masivas ha llegado al punto de derrocar y de asediar las instituciones democráticas en Estados Unidos.

¿Qué cambió en la política migratoria de Trump entre la primera y esta segunda administración, y por qué? ¿Responde, quizás, a cierta acumulación de conocimiento de su equipo?

Tiene muchas respuestas. Para empezar, la dimensión política. Cuando ganó Trump en 2016, la impresión en general era que se trataba de una sorpresa, un error, una cosa que nunca iba a volver a pasar, así que había más resistencia en la ciudadanía y entre los demócratas. Un cambio importante es que, en 2024, no había ninguna ambigüedad en cuanto a la victoria de Trump: ganó la elección. Y además, ganó la elección después de meses de una campaña explícita en cuanto a lo que iba a hacer en el ámbito migratorio. Existe la percepción de que sí, de que él tiene más poder, de que tiene más apoyo entre la gente. Es el elemento más básico.

La segunda cosa es que esta administración tiene muchísima más experiencia. Aprendieron bastante en el primer mandato de Trump. Existía la gran frustración entre los asesores principales de Trump de que, en la primera administración, sus prioridades no se pudieron realizar por resistencia democrática, por falta de planificación. Así que, durante los años de [Joe] Biden, cuando estaban fuera del poder, ya estaban planificando cómo iban a ejecutar esta agenda en la segunda administración. Llegaron a tomar el poder con más planes, con más claridad. Y lo más importante de todo es que se aseguraron de que gente que no estaba alineada con la agresividad de su proyecto no se encontrara en el gobierno.

Los únicos que están en los niveles altos de este gobierno son los que son totalmente fieles a Trump. Por eso, no existen controles dentro del gobierno como sí existían en el primer mandato. Si yo tuviera que resumir cómo se ve la diferencia entre la primera administración y la segunda, a diario, es que en el primer gobierno el consejo que se solía dar a los migrantes era iniciar un proceso legal. Si estaban en Estados Unidos cuando Trump asumió el poder en 2017, la idea era ‘si puedes calificar para el asilo político, pues hay que iniciar este proceso’; ‘si puedes calificar para un visado, pues hay que solicitarlo rápido’, porque, en cuanto esas aplicaciones estuvieran en proceso, las autoridades no podían arrestarte. Ahora no les importa nada. Estamos viendo casos de gente que tiene estatus legal a la que la están arrestando y están deportando.

¿Qué niveles de poder están manejando Stephen Miller –asesor de Seguridad Nacional– y Tom Homan?

La persona más radical dentro del gobierno de Trump es Stephen Miller. En el primer período, él fue su asesor en política migratoria. Ahora tiene un poder bastante más amplio. Trabaja desde la Casa Blanca, tiene una influencia sobre la política exterior de Estados Unidos, tiene influencia sobre otros elementos de la política doméstica, el tema migratorio también. Y, realmente, no tiene ningún rival dentro del gobierno, ningún contrapeso para diluir o limitar su influencia, así que tiene el poder de hacer lo que quiera. Y la visión que tiene él de la migración de América Latina es la visión de un supremacista, racista.

En cierto sentido, tildarlo de ideólogo es un poco minimizar la agresividad de su visión. Él está tratando de desmantelar el sistema legal migratorio en Estados Unidos. Y además, para entender su mentalidad y su influencia, hay que tomar en cuenta también que él ve a sus oponentes políticos como una amenaza personal; habla de los demócratas como terroristas, habla de los manifestantes pacíficos como si fueran terroristas.

Pero es bastante inteligente y bastante obsesivo en cuanto a su visión. Tiene la reputación de ser la persona que más trabaja dentro de la Casa Blanca, que está 100% obsesionado con su agenda. Y, en el primer gobierno, aprendió a manejar los poderes burocráticos del gobierno, que es súper complejo. Realmente, desmanteló muchos programas legales migratorios que cambiaron completamente el sistema de migración en Estados Unidos. Y claro, luego la administración Biden tenía que tratar de reconstruir lo que Miller desmanteló, así que él logró bastante en el primer mandato.

Tom Homan... Es bastante revelador el título que tiene Homan–: zar de la frontera, como el director de la frontera, lo cual es revelador en el sentido de que la agenda de las deportaciones masivas en mayor parte no tiene nada que ver con la frontera, tiene que ver con las ciudades interiores de Estados Unidos. Están buscando gente para arrestar en todo el país. No estamos hablando de una situación desmesurada de llegada de personas en la frontera, sino de una represión en el interior del país. Y todo se está haciendo bajo el pretexto de la seguridad en la frontera. Homan trabajó en la patrulla fronteriza antes de la creación del DHS, pero ha pasado toda su carrera trabajando en ese espacio. Así que tiene la visión dominada por la cuestión de arrestar gente. O sea, no tiene una visión más amplia que esa.

¿Qué explica que el gobierno se haya desplegado tan agresivamente en Minnesota?

Bueno, solo puedo ofrecerte mi interpretación, porque, de verdad, este gobierno no sigue ninguna lógica. Para empezar, todas las ciudades donde estamos viendo la actividad más agresiva del DHS son ciudades y Estados controlados por los demócratas. Una forma en la que el gobierno de Trump está atacando a estos intereses políticos y demostrando que están ejecutando ciertas represalias a la población general por las posturas de sus líderes políticos. Pero sobre la cuestión específica de Minnesota, la lógica de Trump es la siguiente: se aprovecha de ciertos crímenes o abusos cometidos por inmigrantes para vilipendiar a toda la población inmigrante en Estados Unidos.

Hubo una situación de fraude significativo que se llevó a cabo a lo largo de años por unas decenas de personas de ascendencia somalí, que estaban abusando de servicios públicos del Estado. Como estas personas eran somalíes, fue una excusa para atacar a la comunidad entera, para atacar el liderazgo político demócrata del estado. Así que, por un lado, vemos los arrestos, la intimidación, la represión en las calles. Y por otro lado, algo que no ha recibido la misma atención, pero que también está pasando en Minnesota, es que hay un grupo de refugiados que tienen estatus legal, que están viviendo en Minnesota, que ahora están siendo arrestados por el gobierno por la posibilidad de que hubieran cometido algún fraude en el pasado.

El asesinato de ciudadanos estadounidenses a manos de los agentes federales es difícil de explicar bajo el argumento de la lucha contra la inmigración ilegal. ¿Cómo ha procesado estos hechos la ciudadanía estadounidense?

Sí, eso es lo que más me ha sorprendido. Porque moralmente es horrible, es una tragedia, es sumamente feo, pero también en términos políticos puede representar una especie de riesgo para el gobierno de Trump el exagerar sus poderes y exceder su agenda. Creo que la resistencia popular ha sido significativa. Lo que está pasando en Minnesota es una inspiración, francamente, y una muestra bastante significativa de resistencia popular a esta misión. El tema es que hay tantas cosas pasando a la vez que es muy difícil sostener esta resistencia. Es muy difícil concentrarse en cada abuso, pero el gobierno sigue abusando de sus poderes. Entonces, va a seguir dando ejemplos a la ciudadanía de la actuación autoritaria del gobierno. Como alguien que cubre migración, tengo cierta ambivalencia. Porque, por un lado, yo creo que los abusos cometidos contra los migrantes deben ser el punto límite ya para la población general. Pero, siendo realista, va a tener que afectar a todos para hacer que la ciudadanía preste atención. En algún momento, creo que es inevitable que la gente va a tener que enfrentarse con lo que está pasando.

De cara a las elecciones de medio término, ¿creés que el gobierno empezará a tener en cuenta el riesgo político que mencionás?

Es interesante. Creo que hay divisiones dentro del gobierno de Trump con respecto a esta pregunta. Alguien como Stephen Miller no va a querer cambiar el rumbo para nada. En cierto sentido, su falta de interés en la opinión pública ha sido una ventaja porque él está totalmente obsesionado con lo que quiere hacer y no va a desistir. Pero, en general, creo que es una gran desventaja para él no prestar atención a lo que piensa la ciudadanía.

Él siempre ha representado una visión muy marginal en el contexto estadounidense. Él va a querer seguir, pero yo creo que hay otros miembros de la legislación y, en particular, miembros republicanos en el Congreso que se sienten cada vez más ansiosos. Los miembros del Congreso republicanos que se encuentran más vulnerables son los congresistas que representan distritos más moderados. Hay una gran parte del partido que se siente bastante ansiosa en cuanto a estas elecciones, y no es por nada que el gobierno ya está hablando de intervenir en las elecciones de medio término. No sé qué forma va a tomar, pero Trump ya está hablando de nacionalizar las elecciones. Se ha sugerido que los agentes del ICE van a estar haciendo sus patrullas como para intimidar a los votantes. Se entiende dentro de la Casa Blanca que, si los demócratas ganan de forma fuerte en noviembre, esto va a complicar bastante la agenda de Trump.

¿Y cuál ha sido hasta ahora el saldo político de la operación sobre Venezuela?

La verdad es que no sé exactamente cómo está respondiendo la ciudadanía. Hay ciertas comunidades latinas en Estados Unidos y en la diáspora venezolana que se sienten ambivalentes. Por un lado, han querido que [Nicolás] Maduro saliera, pero, al mismo tiempo, Delcy Rodríguez representa una continuidad del régimen. La idea de una intervención tan directa de Estados Unidos, y de que el gobierno estadounidense va a extraer petróleo de forma transparente del país, obviamente es ofensiva. Yo estoy viendo todavía esa ambivalencia.

Dentro del Partido Republicano y, en particular, dentro de la base republicana de Trump, la base MAGA [Make America Great Again], originalmente tenía una tendencia más aislacionista. La idea de America first [Estados Unidos primero] ha consistido en no intervenir en el mundo y enfocarse en Estados Unidos. Pero, claro, el movimiento MAGA es un culto, es como una religión cuyo dios es Trump. En ese sentido, había mucha especulación de que, a lo mejor, ciertos conservadores iban a discrepar con Trump por esta intervención, lo cual es un poco exagerado, porque yo creo que, al fin y al cabo, es una cuestión de lealtad completa a Trump. Lo que estoy viendo ahora, como consecuencias políticas estadounidenses y también regionales, es que el mensaje era que Trump puede hacer lo que quiera, que no hay límites.

El gobierno ha puesto el foco en los beneficios económicos que traería para Estados Unidos. ¿Creés que primó la cuestión ideológica, de demostración de poder, de controlar la región?

Yo no creo que la razón para la intervención en Venezuela tuviera que ver con el petróleo. Eso es lo que dice Trump, y es probable que Trump tenga esa lógica. O sea, Trump no tiene ningún interés democrático ni ideológico en la región en sí, más allá de demostrar su poder de intervenir cuando quiera, donde quiera. Pero, para los asesores principales que estuvieron detrás de esta intervención, no creo que la cuestión del petróleo fuera la prioridad. Estoy hablando de dos o tres personas principales. Por un lado, Marco Rubio, el secretario de Estado, que tiene una visión ideológica para la región, una visión clásica neoconservadora de que Estados Unidos tiene que intervenir en los países que, según él, se desvíen de la ética democrática estadounidense. Creo que él está bastante frustrado porque sí tenía buena relación con María Corina Machado, con la oposición venezolana.

Miller, otro asesor principal con peso con respecto a lo que pasó en Venezuela, tiene una posición más dominada por una visión racista de la región, la idea de que los migrantes de estos países son criminales. Él no ha pensado muy bien en la lógica de esto ni en las consecuencias de esto. Es una visión que consiste principalmente en que Trump puede gobernar y dominar la región de la misma manera en que domina el ámbito estadounidense. Así que el petróleo..., no estoy negando el rol del petróleo, pero creo que es una excusa un poco conveniente para todos en este caso. Porque, claro, la forma de extraer petróleo de Venezuela va a ser muy costosa y va a tardar años, para empezar.