José Antonio Sanahuja es catedrático en Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid, en España. Además de su vasta carrera como académico, es funcionario del gobierno y, entre 2019 y 2024, fue asesor especial de Josep Borrell, quien fue el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Políticas de Seguridad.

A raíz del trabajo que realiza junto al politólogo uruguayo Camilo López Burián estudiando a las ultraderechas del mundo, estuvo en Uruguay la semana pasada para dar un par de conferencias sobre ultraderechas, globalización y geopolítica. En ese marco, conversó con la diaria.

Para Sanahuja hay un aspecto que distingue a las derechas del siglo XX de las contemporáneas. De forma esquemática, el académico presenta un cuadro de doble eje para ahondar en esta explicación. El eje horizontal es el tradicional izquierda-derecha, pero en el análisis suma otra variable: anti o proglobalización. Ese cruce de atributos deja entrever, por lo menos en Europa y Estados Unidos, que existen movimientos políticos de izquierda y derecha que son antiglobalistas.

El foco de su trabajo lo pone en las derechas. Existe una derecha liberal-conservadora, que es la que se reúne en Davos, dice, y son derechas que aceptan la globalización y se “encuentran cómodas” en las reglas que propone. Las nuevas derechas, a las que llama “neopatriotas” o “antiglobalistas”, justamente lo que hacen es rechazar, efusiva y enérgicamente, esa cultura y esas reglas comerciales, jurídicas y sociales.

En ese eje que presentás se veía cómo en el cuadrante que mostraba la derecha, la derecha antiglobalista estaba mucho más cargado. Además de saber por qué se da ese fenómeno, en el que las derechas antiglobalistas son cada vez más.

Ha tenido momentos. El momento Podemos en España con la crisis del euro es uno de esos momentos. ¿Por qué no ha sido capaz la izquierda? Porque quizás no ha logrado articular una propuesta política alternativa en clave cosmopolita; esta es básicamente la respuesta, porque está condicionada por la dependencia de la trayectoria, como se dice en ciencias sociales, de los estados-nación. Por la persistencia del nacionalismo y la capacidad del nacionalismo en términos de movilización, por la capacidad de la derecha de convertir en banderas cuestiones como la anti-inmigración, que en particular en Estados Unidos y en Europa occidental han sido muy fuertes, y la incapacidad de la izquierda de elaborar unas propuestas creíbles en relación a esas cuestiones. La izquierda ha tenido algunas propuestas cuando en 2019 la mayoría centrista de la Unión Europea propone el Pacto Verde europeo. [Pero] no salen adelante, primero por un factor tiempo, segundo porque es muy difícil desplegar esas políticas en un contexto de shocks exógenos como el de la covid-19 y el de la guerra de Ucrania, que provocan tensiones inflacionarias. La inflación es una fuerza motriz de elecciones en favor de la derecha, en este momento es muy evidente que lo ha sido en Argentina, lo ha sido en Europa, lo ha sido en Estados Unidos.

Además, también te he escuchado decir que en esta diferenciación entre estructura y agencia tenés agentes políticos de derecha que señalan en esa crítica a la antiglobalización y relacionan directamente todos los males de la globalización a la izquierda.

Sus guerras culturales. Uno de los elementos discursivos que se evidencian en la práctica de las guerras culturales de la ultraderecha es la referencia a élites globales que son las que intentan de nuevo atentar contra nuestra soberanía y nuestra libertad: lo que llaman la ideología de género, lo que llaman la religión climática... Tienen ese tipo de terminología en materia migratoria. Uno de los argumentos habituales es que en realidad es una conspiración de ciertas élites para disolver la identidad nacional y la tradición. Esa identidad cultural, religiosa casi, que dice que esto está diseñado por alguien en Bruselas o en algún lugar, siempre hay una referencia a unas élites globales que son las que están conspirando para hacer ingeniería social para acabar con la tradición, con los valores, con el empleo de los autóctonos. Lo que es importante ahora es tener narrativas de progreso. La izquierda no tiene una narrativa de progreso, lo que está haciendo es defendiendo lo que hay. ¿Qué propone la derecha? Su narrativa de progreso no es de progreso en sí, es una retro utopía, “Make America Great Again”, o en el caso de Vox, que hay una suerte de blanqueamiento del franquismo de manera sistemática. Mis estudiantes se creen que el franquismo era una etapa feliz. ¿De qué estamos hablando? Tengo que dedicar tiempo ahora a desmontar eso en el aula, tengo incluso ya diseñados unos ejercicios para construir contrafactuales para poner eso en cuestión, pero siempre hay una apelación al globalismo.

¿Observás un clivaje en lo que fue la pandemia? ¿Creés que hubo un cambio en las sociedades?

En un sentido muy paradójico, la forma de defendernos de la pandemia fue el confinamiento, [que] ha sido probablemente uno de los ejercicios de control social en nombre del bien común mayores de las últimas décadas. Yo creo que todavía no lo tenemos muy procesado en cuanto a sus consecuencias. Pero la lectura que se ha hecho de eso y cómo ha movilizado la derecha a partir de eso ha sido en esa clave: aquí hay una conspiración para atentar contra tu libertad individual, que te contagias y te mueres. En realidad, como la gente se contagió y se murió de la misma forma que lo hubiera hecho si no hubiera estado confinada, para ellos es gratis el argumento. Pongo un ejemplo local: en la Comunidad de Madrid donde yo resido, la que tomó este discurso libertario fue Isabel Díaz Ayuso [del Partido Popular] e hizo toda una campaña política del derecho de los madrileños a ir a los bares y de que la hostelería estuviera abierta, pero quedó cerrada, hubo ayudas públicas porque se respondió a la pandemia con mucho dinero público para que nadie tuviera que cerrar su empresa, para que luego se pudiera encender de nuevo la economía sin la pérdida de empleo y tejido productivo que hubo en la crisis de 2008 en adelante, pero ese discurso caló. Mayoría absoluta, incluso barrió a Vox. En Argentina, que hizo una gestión razonablemente aceptable de la pandemia, fue un factor también muy importante para explicar el ascenso de Milei. Otro factor también es el inflacionario, al que se le añade después la guerra de Ucrania. Ahora, es un problema muy serio si la guerra de Irán continúa y nos lleva el precio del petróleo a 150, 170, 180 dólares, cosa que puede ocurrir. Los informes que yo leo de la Agencia Internacional de la Energía son de terror. Si eso ocurre, ese shock inflacionario no me cabe duda que lo va a utilizar la extrema derecha.

¿Y hacia dónde nos puede llevar? ¿Cuál es la profundidad de estos cambios?

Te pongo otro ejemplo, que es muy poco conocido. En 2022 se inicia la invasión [de Rusia a Ucrania]; hay una operación militar especial de Putin que fracasa, porque ellos en realidad no iban a invadir Ucrania, iban a tomar el control del país en 72 horas. Eso sale mal y se convierte en una guerra enquistada de la que nadie sabe cómo salir. Ya antes, alegando el mantenimiento de las turbinas, Putin había cortado el suministro de gas, y cuando llega la invasión, los depósitos, las reservas estratégicas de gas de Europa central estaban vacías prácticamente, entonces viene un shock. La Unión Europea, los gobiernos y las instituciones comunitarias se ponen en modo alerta, porque lo que viene es un shock inflacionario brutal. Una cosa tremenda; conscientes del escenario socioeconómico que había, los gobiernos y la Comisión Europea hicieron algo sin precedentes: empezaron a utilizar las herramientas fiscales para reducir el precio de los combustibles. Hubo medidas aplicadas al gas, a las familias más vulnerables, a las empresas pequeñas y medianas. Esto se hizo en toda Europa. La cifra, incluyendo Reino Unido, en apenas un año, es de 760.000 millones de euros en subsidios a la energía y en rebajas fiscales a la energía. Para tener una comparación, es medio PIB español de un año, ¡medio PIB español! ¿Por qué se hizo esto? Eso hubiera generado un invierno del descontento, brutal, ¿quién lo hubiera utilizado...? Y aun así [ganó la primera ministra italiana, Giorgia] Meloni, y aun así Alternativa para Alemania [la ultraderechista AfD, creció], y aun así pasó lo que pasó. No tenemos en ciencias sociales el contrafactual, pero ¿qué hubiera ocurrido si no se hubiera hecho ese esfuerzo fiscal? No quiero ni imaginarme.

¿Este avance de la ultraderecha es pasajero?

Yo creo que no se ha agotado el ciclo del ascenso de la ultraderecha, pero también veo reacciones. Hemos tenido elecciones en Eslovaquia y la ultraderecha quedó en el segundo lugar, puede que en las elecciones de Hungría, al final también [el primer ministro Viktor] Orbán tenga un desgaste. Entonces ahí hay ajustes, pero también tenemos el riesgo de que en Francia, con las próximas elecciones, después de muchos intentos, tengamos un gobierno con Marine Le Pen. Y mi impresión es que en España el próximo ciclo de gobierno puede venir con un Partido Popular más sesgado hacia la derecha y muy controlado, sea por una coalición parlamentaria o incluso dentro del gobierno. No es descabellado ver a [el líder de Vox, Rodrigo] Abascal como vicepresidente. No hemos sido capaces, cuando se ha tenido capacidad y se ha estado en los gobiernos, de renovar el contrato social en definitiva con otro conjunto de políticas.

Es difícil empezar un nuevo contrato social en este mundo tan desordenado.

Tenemos que hacerlo si queremos que la gente no se vaya con la ultraderecha. ¿Por qué no somos capaces de hacer casas para los trabajadores? Tenemos los medios, sabemos cómo hacer casas sostenibles, que necesiten poca energía, que tengan aerotermia, que utilicen energía solar, que sean baratas de construir. Podemos contratar a un diseñador de Ikea para que las haga bonitas para los trabajadores ¿Por qué no lo hacemos? ¡¿En qué andamos los progresistas?! Y todo eso además son empleos si los podemos ligar a la transición verde. ¿Cómo vas a lograr el apoyo de amplios sectores de la sociedad diciendo, con todo lo que está cayendo, que vivimos por encima de nuestras posibilidades, hay que vivir con menos?

¿Qué te respondés a esta pregunta sobre en qué andan los progresistas?

Yo veo a los progresistas de mi país... A ver, yo colaboro fuera de la universidad, colaboro mucho con la Fundación Primero de Mayo, con la Confederación de Comisiones Obreras y veo más lucidez en los sindicatos que en algunos de los partidos. Tienen más esta agenda porque están en las cosas de comer, pero yo veo que fundamentalmente es una agenda de defensa de derechos adquiridos. Está bien. No queremos perder los derechos adquiridos. En el plazo de una legislatura, te da el tiempo de empezar y entregar casas. Entonces, ¿cómo es que no estamos pensando en las cosas más elementales? (casa, transporte...). Si la gente tiene expectativas de progreso, si el mensaje es “esto viene muy mal, a ver cómo hacemos para conservar lo que usted tiene”... Veo a la izquierda en esa agenda. Hay que tener una alternativa de progreso y sobre ella hay que plantear una forma de reconstruir el contrato social.

Hace unas semanas murió [Jürgen] Habermas y, en relación con él, la pregunta es si esta también es una crisis de las democracias, de las democracias deliberativas. En ese sentido, ¿qué podés esperar del futuro de las democracias? Y además, una pregunta más general: ¿la crisis de la globalización es el último respiro de la modernidad?

En ese último gran relato de la modernidad me remito más a [Ulrich] Beck y a la idea de la modernidad reflexiva que no hay que abandonar. He estado hablando en todo este rato de la reconstrucción de un relato de progreso y de la importancia de la idea misma de progreso. Si perdemos la idea de progreso, estamos perdidos. Los progresistas, como el nombre indica, somos hijos de la ilustración y de los ideales de progreso de una manera determinada, distinta a la liberal, pero hoy la tarea en términos de modernidad reflexiva es entender qué es lo que en nombre de ese ideal de progreso ha funcionado mal y tratar de reconstruirlo y renovarlo. Sobre Habermas, lo que me parece fundamental es recuperar algunos pactos sociales y políticos básicos, y ahí necesitamos también a la centroderecha liberal. Hoy la centroderecha liberal se ha dejado arrastrar. La centroderecha liberal casi por ADN es consensual. No quiero ser eurocéntrico con esto, pero los grandes pactos de posguerra son pactos de centroizquierda y centroderecha. Podríamos tener algunos acuerdos y establecer los cordones sanitarios y evitar también ese fenómeno que se ha ido produciendo: el desplazamiento de la ventana de Overton que está haciendo que el centro político se esté desplazando mucho más hacia la derecha. Tenemos que enfrentar eso.

Incluso las izquierdas muchas veces se corren hacia el centro, o a la derecha misma.

En todo este debate entre políticas de identidad y políticas laboristas... no creo que sean incompatibles. Tenemos que incorporar los derechos de colectivos que por distintas razones se encuentran excluidos, desde los trans a la cuestión de la migración. Para nosotros es fundamental la multiculturalidad y el reconocimiento y el respeto a la diversidad, pero tenemos que lograr definirlo o remarcarlo en un marco universalista. Buena parte de quienes trabajan desde la identidad y desde la reivindicación de colectivos concretos lo hacen desde el agravio, que es un instrumento de movilización muy importante. Yo, por ejemplo, soy hombre, blanco, europeo, funcionario de gobierno, y en este gráfico que circula por ahí, el del círculo del privilegio, estoy bien posicionado. Si resulta que una feminista, alguien con una identidad fluida, alguien racializado, me señala a mí por ser un privilegiado entonces ya la hemos liado, cuando en realidad de lo que se trata es que, desde el reconocimiento a la diversidad, aquellos derechos que yo tengo pueda tenerlos todo el mundo. Es una lógica de universalismo y de inclusión: quiero una agenda de igualdad entre mujeres y hombres, no quiero que me señalen a mí por ser hombre. Creo que la izquierda se ha consumido también a sí misma con esa perspectiva, esa lógica del agravio, en la que en muchos casos se señala más al que está más cerca que a quien ha generado esas dinámicas de exclusión.

¿Qué visión tenés de las centroderechas?

La centroderecha tiene un problema, un serio problema con la extrema derecha: no sabe qué hacer, no sabe si adoptar un marco europeo, una lógica merkeliana de cinturones, de cordones sanitarios, o por el contrario lo que debe hacer es naturalizar e incorporar en los discursos reivindicaciones de extrema derecha como de momento. Y estamos viendo que es al contrario, entre la derechita cobarde y la original el electorado prefiere siempre al más duro, porque está muy cabreado.