El domingo 23, Jacob Blake, un hombre afroamericano de 29 años, fue atacado por la Policía de Kenosha, Wisconsin. Recibió siete disparos en la espalda, pero logró sobrevivir. En lo que va de 2020 más de 700 personas fueron asesinadas por la Policía en Estados Unidos.

De acuerdo con datos no oficiales, ya que en Estados Unidos no hay cifras oficiales al respecto, en 2020 murieron entre 750 y 1.250 personas a manos de la Policía.1 Cerca de 30% de esas muertes han sido de afroestadounidenses, a pesar de que ellos constituyen aproximadamente 12% la población total.

Los afroestadounidenses tienen tres veces más probabilidades de ser asesinados por la Policía que los blancos, y es 1,3 veces más probable que no llevaran ningún arma, en comparación con las personas blancas. Otro dato importante es que no existe una correlación entre el promedio de asesinatos policiales y el nivel de criminalidad de la localidad. La relevancia de este dato pone de manifiesto el rol central que ocupa la Policía en producir y reproducir el orden social, contrario a la opinión popular que describe a esa institución como la herramienta principal y hasta exclusiva en el combate al delito.

La visión liberal de la Policía la define, en cuanto a su función, como una institución dedicada a combatir el crimen. Sin embargo, esta es una pequeña parte de lo que hace. La función principal de la Policía es el mantenimiento del orden social, que en el caso de Estados Unidos está marcado por el desarrollo del capitalismo neoliberal y el racismo.

El sociólogo experto en esa institución David Bayley afirma que “la Policía no previene el crimen. Este es uno de los secretos mejor guardados de la era moderna. Los expertos lo saben, la Policía lo sabe, pero el público no. Sin embargo, la Policía nos hace pensar que es la mejor defensa contra el crimen y constantemente argumenta que si no le brindan más recursos no podrá proteger a la comunidad. Esto es un mito”.2 La Policía no protege a todos por igual, y su presencia tiene un efecto limitado sobre la criminalidad en el mejor de los casos.

La esencia de la Policía es la violencia. Como explica la historiadora Micol Seigel, la Policía representa la violencia del Estado, y su presencia indica la constante posibilidad del uso de esta violencia.3 Mayor presencia policial en comunidades afroestadounidenses significa mayor violencia contra estas comunidades. La Policía cuenta con la autoridad de usar violencia, incluso letal, a su discreción, y en una estructura social racista como la estadounidense, ejerce la violencia para mantener el orden racial.

Pocos días después del ataque a Jacob Blake, un joven de 17 años, supremacista blanco y graduado de un programa de cadetes de la Policía viajó desde el estado de Illinois a la ciudad de Kenosha, en Wisconsin, para “proteger a la ciudad” de aquellos que manifestaban en repudio del asesinato de Blake. Armado con un rifle AR-15 y decidido a defender la propiedad frente a la “amenaza” de las protestas, el joven se dirigió a las calles de Kenosha. Mientras deambulaba por la ciudad, cargando en su hombro el AR-15, se cruzó con policías que reprimían las protestas y que le brindaron una botella de agua y le agradecieron por su presencia. Minutos después, el joven asesinó a dos manifestantes e hirió de gravedad a otro.

La conexión entre grupos de supremacía blanca y la Policía ha sido largamente documentada, y ya en 2016 el FBI había advertido de la presencia de supremacistas blancos en las fuerzas policiales.4 La conexión entre la supremacía blanca y la Policía no es nueva y está en los orígenes de la institución.

Entre la esclavitud y el colonialismo

Si repasamos la historia de la Policía de Estados Unidos vemos que sus orígenes radican en las patrullas esclavistas establecidas por primera vez en 1705 en Carolina. Encargados de capturar a los esclavos fugitivos y de mantener el orden esclavista, estos grupos de vigilantes blancos fueron aceptados y financiados por las autoridades, especialmente en el sur del país. Con el surgimiento de los primeros departamentos policiales, las patrullas fueron incorporadas como las fuerzas locales del orden.

Más hacia el oeste, muchas fuerzas policiales estatales tienen su origen en la creación de los Texas Rangers, un grupo de vigilantes blancos encargados de proteger a los colonos también blancos que ocupaban las tierras de Texas, y de expulsar a los campesinos mexicanos de la región. Con la incorporación de Texas a la Unión, los Rangers comenzaron a expulsar a los mexicanos que reclamaban sus tierras, y al mismo tiempo a asegurar la mano de obra campesina en las propiedades de los colonos.

Estas fuerzas tuvieron influencia en el norte del país, el cual incorporó y adaptó el modelo londinense de policía a las necesidades locales. Entre estas necesidades se incluye la represión al movimiento obrero y a los inmigrantes. Cabe recordar la revuelta de mayo de 1886 en el mercado de Heymarket en Chicago, que llevó a una brutal represión policial, al enjuiciamiento de ocho líderes obreros, los llamados mártires de Chicago, y a la ejecución de cuatro de ellos.

El proceso de profesionalización de la Policía estadounidense a fines del siglo XIX fue llevado acabo por August Vollmer, jefe de Policía en Berkeley y luego en Los Ángeles, California. Vollmer había participado activamente en la represión colonial en Filipinas. Fue allí donde comprendió la necesidad de profesionalizar y desarrollar una fuerza policial de alta tecnología que respondiera a la amenaza social, en particular a la clase obrera y los afroestadounidenses. Las primeras patrullas, el uso del telégrafo y el sistema 911 fueron desarrollados por Vollmer a partir de su experiencia colonial.

Este proceso de exportación e importación de tácticas contrainsurgentes en contextos coloniales continuó y continúa en lugares como Puerto Rico, por ejemplo, donde la represión al movimiento independentista ha sido una constante en una de las últimas colonias del mundo. En las décadas de 1960 y 1970, el gobierno de Estados Unidos, por intermedio de la Oficina de Seguridad Pública, llevó a cabo entrenamientos policiales en contrainsurgencia y represión en Vietnam, Irán y América Latin, incluyendo Uruguay.

Como explica el sociólogo Alex Vitale, la experiencia imperial y colonial estadounidense ha sido central en el desarrollo de la represión policial contra el movimiento de derechos civiles, en particular contra los Panteras Negras y otros grupos de liberación afroestadounidense.5 No es casualidad que sea en esa época que comienza a surgir la guerra contra las drogas y la militarización de la Policía en Estados Unidos.

A partir de la década de 1980, con el avance del neoliberalismo surge la ideología del colorblind racism, que pretende ocultar el racismo estructural y político, argumentando que el racismo sólo puede ser entendido como un acto intencional e individual. Esto ha llevado al desarrollo de teorías criminológicas y de estrategias policiales escritas en un lenguaje racialmente neutro que han generado la continuidad de la violencia racial por parte de la Policía.

Entre estas teorías, es central la de Broken Windows o ventanas rotas. Desarrollada por dos teóricos conservadores,6 la teoría plantea que el origen de la criminalidad es la permisividad del desorden social en comunidades que han perdido el poder de control social, particularmente comunidades pobres, afroestadounidenses y latinas. La teoría plantea que sin castigos ejemplares ante situaciones de desorden –no necesariamente crímenes– la criminalidad en esas comunidades va a aumentar.

Por lo tanto, el rol de la Policía es ejercer una tolerancia cero contra el desorden, e identificar y expulsar a aquellos que producen este desorden social. No hay elementos teóricos ni empíricos que sustenten esta teoría. Sin embargo, en el contexto neoliberal en el que los problemas sociales eran –y son– vistos como fallas individuales y culturales de ciertos grupos, y no como consecuencia de las estructuras políticas y económicas, la teoría ganó adeptos entre las autoridades urbanas.

Parte del problema de la teoría de Broken Windows es que tanto la definición de desorden como la de “individuos problemáticos” responden a elementos raciales enraizados en la sociedad y en la cultura estadounidense. Por ejemplo, jóvenes usando pantalones anchos debajo de la cintura, característico de jóvenes afroestadounidenses, o adolescentes en las esquinas, son, de acuerdo con los autores de esta teoría, símbolos de decaimiento social y como tales deben ser reprimidos por la Policía a fin de recuperar el control social del territorio.

La teoría de Broken Windows fue aplicada principalmente en Nueva York por Rudy Giuliani y William Bratton a fines de la década de 1990. Incorrectamente se le adjudica a Giuliani la reducción de la criminalidad en esa ciudad. La mayoría de los estudios empíricos demuestran que la criminalidad venía bajando a ritmo acelerado antes de la llegada de Giuliani, y la aplicación de la tolerancia cero redujo este ritmo de caída en comparación con otras ciudades, como San Diego, que no la aplicaron. Lo que sí provocó Giuliani due el aumento de la violación de derechos civiles contra las comunidades afroestadounideses y latinas en Nueva York.

Broken Windows sigue siendo la lógica detrás de las estrategias de patrullaje y de policía comunitaria en Estados Unidos y otras partes del mundo. Es esta teoría la responsable directa de la muerte de Eric Garner en Nueva York en 2014, y de George Floyd en Minneapolis en 2020. Ambos fueron asesinados cuando policías intentaban aplicar la tolerancia cero y usar la violencia ante infracciones menores. Garner vendía cigarros sueltos y fue sofocado a muerte por policías cuando intentaban arrestarlo, mientras que Floyd fue asesinado al ser detenido por emitir un cheque de 20 dólares sin fondos. Ejemplos similares existen en todas las grandes ciudades de Estados Unidos.

El racismo policial hoy

La tolerancia cero lleva a la aplicación de la violencia contra individuos considerados “problemáticos”. En Estados Unidos esto está dirigido contra las comunidades afroestadounidenses. Desde la época de la esclavitud hasta hoy en día, los afroestadounidenses han sido descritos como una amenaza a la sociedad. La muerte social a la que fueron sometidos durante la esclavitud continúa, y precede la muerte física. En todos los índices socioeconómicos y de salud, los afroestadounidenses son la comunidad más afectada, y la muerte en manos del Estado es la última etapa de un proceso de discriminación y violencia que lleva a que tengan una esperanza de vida de casi cuatro años menos que los blancos.7

El asesinato policial es el evento más extremo en el rango de violencia que la Policía y el Estado ejercen día a día contra poblaciones negras. Si tomamos en cuenta el número desproporcionado de abordajes policiales, abuso psicológico y físico al que los afroestadounidenses son sometidos regularmente, la violencia policial se ha convertido en un componente diario y rutinario en la vida de estas comunidades.

Cuando un niño afroestadounidense llega a la edad de ocho o diez años, la mayoría de los padres deben enseñarle cómo sobrevivir a un encuentro con la Policía. Como padre de dos hijos de color, así lo hice. Mi hijo mayor, de diez años, sabe que si es abordado por la Policía debe levantar sus manos y no moverlas jamás, debe seguir las órdenes y no reaccionar, y no hacer ningún movimiento sin la autorización del policía. No es por respeto a la autoridad que hacemos esto, sino para que puedan volver a casa con vida en caso de que sean detenidos. Ya a esta edad la mayoría de los niños negros en Estados Unidos han tenido, como mínimo, una experiencia negativa con la Policía.

El racismo y la violencia policial contra los afroestadounidenses no son producto de la acción individual de funcionarios racistas, ni la consecuencia de un racismo inconsciente. Por ejemplo, el Departamento de Policía de Minneapolis, responsable por la muerte de George Floyd, gastó más de cinco millones de dólares en entrenamiento contra el racismo inconsciente y la discriminación. Ese mismo departamento, al igual que muchos otros en el país, implementaron la mayoría de las medidas desarrolladas por el grupo de expertos convocados por el ex presidente Barack Obama para reformar la Policía a raíz de la ola de protestas en 2014 y en respuesta al movimiento Black Lives Matter. Esto incluyó un aumento en las horas de entrenamiento en el uso de violencia no letal, en resolución de conflictos y en sensibilidad racial, pero los números de violencia y asesinato policial continúan aumentando.

La Policía produce y reproduce un orden social racista, y ejerce la violencia estatal ante aquellos que el Estado y la sociedad han definido como descartables. En Estados Unidos las vidas negras nunca importaron y siguen sin importar. En el caso específico de la Policía, pensar que el problema es de algunos funcionarios racistas es un grave error. El problema es la Policía.

Sebastián Sclofsky, desde California. Es doctor en Ciencia Política y profesor de Criminología en California State University, Stanislaus. Su investigación se enfoca en el racismo y la violencia policial en particular en Brasil y Estados Unidos.


  1. Datos recogidos por mappingpoliceviolence.org y fatalencounters.org

  2. Citado en Vitale, Alex (2007), The End of Policing

  3. Seigel, Micol (2018), Violence Work

  4. www.pbs.org

  5. Vitale Alex (2007), The End of Policing

  6. Kelling & Wilson (1982), “Broken Windows”, The Atlantic

  7. www.cdc.org