La paella es lo que más aprecian del menú hogareño los tres hijos de Leticia Cicero, la ingeniera química que quedó finalista de la primera edición de MasterChef Uruguay e ingresó en la mesurada versión local de lo que significa ser un cocinero mediático, como columnista de La mañana en casa (canal 10) y de No toquen nada (Del Sol FM). Una figura televisiva que sigue viviendo en Libertad (San José), su lugar de origen, donde si hay antojo de paella o de sushi, ella es su propio delivery.

Cicero había hecho un corte en su vida profesional justo antes de que la aceptaran en el reality, al renunciar a su trabajo de una década en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. Había evaluado la conveniencia de estar fuera de casa 11 horas, de los traslados, de dejar un lactante, por una tarea en la que no se proyectaba.

Parecía que esa mezcla de previsión y eficiencia era lo que le permitía sonreír aunque el reloj del certamen conspirara contra la etérea ingeniería de su pavlova. Con ese postre, que terminó siendo su carta de presentación, posa en la portada de su primer libro, que acaba de salir, casi tres años después, por la editorial Grijalbo: Entre la química y la cocina.

Sobre cómo una vez tomó accidentalmente un trago de hipoclorito y por qué es importante almacenar correctamente, cómo ayudar a los burletes de la heladera con una leve inclinación de las patas traseras o cómo bajar el nivel de sal de un plato agregándole papas trata este volumen de tapa dura, con recetas prácticas que trascienden el mero resolver de la cotidianidad.

La formación académica trasunta un carácter sistemático que aplica a la organización de su vida familiar del mismo modo que pudo verse a lo largo de la competición. “Nunca me gustó eso de ‘esto no lo quiero comer’. No soy muy flexible en el tema de la alimentación; los saqué derechitos. Pobrecitos, les tocó esta madre. Si no es en tarta, te lo doy rebozado y si no, solito; probaba y conseguía. Así que a mis hijos les gusta de todo”, cuenta esta diplomada en pastelería en el Instituto Gato Dumas.

Era claro el giro que habías tomado cuando terminó MasterChef, pero faltaba el libro.

MasterChef fue el puntapié de todo lo que pasó después. Yo ya había pensado en un libro, pero todavía no tenía el rumbo y no quería lanzarme al agua sin estar segura. En realidad surgió de las columnas en No toquen nada. Joaquín Otero, de la editorial, me lo planteó más como un manual y fuimos trabajando la idea. Me parecía que tenía que tener algo de recetas y algo de mí, de esto de cocinar fácil, en casa, con los tiempos que tenemos hoy, que son mucho menos que los que tenían nuestras abuelas. Soy de optimizar el tiempo en la vida, entonces, un libro que fuera más yo.

Tenés un perfil bien definido entre una cantidad de cocineros que se dan a conocer.

Eso es lo que me marca y por lo que surgieron también las columnas en No toquen nada, de la relación que tienen la química y la cocina, y suma el poder comunicarlo en un lenguaje sencillo, que no asuste, que no vaya a dar una clase. La idea es llevarlo a cosas prácticas. Es ciencia, sí, pero es rutina, cosas que hacés a diario y capaz que no te ponés a pensar.

Se hace concreto al referirte a los microorganismos, una preocupación que desde el coronavirus es omnipresente.

Si bien aparece, en general no quise que predominaran esos datos sobre microorganismos. Traté de que la química no lo hiciera un libro tedioso. Obviamente que todo va cambiando y lo que hablé de virus comunes sigue vigente, porque cuando hablo de desinfectar es a nivel general. Lo mismo pasa al principio del libro, porque quise que también sirviera para que los que no cocinan se animen a organizar, a hacerlo más fácil. Y al inicio hablo de la compra semanal, una ayuda muy buena desde el punto de vista del tiempo, porque no vas 20 veces al súper, vas una vez por semana. Y comés más balanceado, porque comprás una cantidad de frutas y verduras que vas a tener en la heladera y que no repetís. Ahora todo el mundo está pensando en cómo hacer las compras y en organizarse, porque nos pidieron que saliéramos menos.

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Hay términos recurrentes en el libro, como “casero” y “metódico”.

Es que las recetas son más bien tradicionales, pero nuestras abuelas las hacían en medio domingo o, si vivías con ella, sabías que estaba toda la mañana cocinando. Acá la idea es que vos consigas hacer las mismas cosas pero en mucho menos tiempo, porque yo lo hago en mi casa, en una quinta parte. Organizado, todo te lleva menos tiempo.

También te ocupás de optimizar el uso de electrodomésticos.

Dediqué un capítulo porque a veces no conocemos todo lo que nos pueden dar. Tenés la heladera y la usás para refrigerar y más nada, tenés el microondas para recalentar el alimento. Vamos a hablar de cómo nos ayudan: son más manos, lo mismo una vez que tenés el lavarropas, te das cuenta de que te insume menos tiempo. También mucha gente me consulta antes de comprar: “qué es un ventilador de horno”. Esto sirve cuando nos enfrentamos a un mercado lleno de posibilidades.

Vas muy a lo práctico: cómo aprovisionarse, cómo almacenar, cómo congelar.

Soy así, en casa funciono de esa manera. Me parecía que estaba bueno transmitir eso: tenés tres hijos, tenés un montón de trabajo, pero igual se puede cocinar. Hay que pedirle ayuda a este tipo de electrodomésticos, a la organización. Creo que cocinar casero es más que eso: es alimentarte mejor, hay un montón de beneficios. Cocinando casero puedo saber los ingredientes que estoy colocando, cuánta sal, cuánto azúcar, cuánta manteca consumo. Manejo mi dieta, tomo las riendas. Cuando vas a comprar en una rotisería o en una panadería, puede ser similar a lo casero, pero vos no sabés cuántas cantidades estás consumiendo, y yo soy muy consciente de eso para darles una alimentación saludable a mis nenes.

Les diste espacio a recetas saladas, que no es tu faceta más cómoda.

Soy cocinera de corazón, de ver a mi madre, como muchos cocineros, que capaz que no estudiaron una carrera completa en esa área, pero que lo aprendieron. También en casa es una herramienta, porque yo hago todo, aparte vivo en el interior y me gusta el sushi. En Libertad no consigo sushi; me lo tengo que hacer, entonces aprendo. La creatividad para darle de comer a una familia de cinco personas, no repetir y hacer cosas ricas, lindas, es parte de mí. Y quise que estuviera como normalmente lo hago: con ayuda del freezer, con preparados que ya tengo prontos, la cocina salada pensada con una base de la que salen un montón de recetas. Tenés un relleno pronto en el freezer y a partir de ahí podés hacer de todo. Me pareció que estaba bueno dar las recetas con esto del meal prep, que es preparar comida en más cantidad para tener para el resto de la semana. Recetas tradicionales que se hacen con los tiempos de ahora, con ayuda del freezer, de una procesadora.

Ya que hablaste de tu madre, hay un asunto curioso en tu biografía: ¿ella empezó la carrera al mismo tiempo que vos?

Mi abuelo materno era químico farmacéutico y mi papá falleció cuando yo estaba en la panza. Mi mamá tenía 23 años –viste que antes se casaban más jóvenes– y había suspendido sus estudios. Un poco lo que soy yo es lo que le vi hacer a mi madre. Cuando éramos chicos nos dijo que quería terminar el liceo; o sea, como tenía poca cosa, se puso a estudiar. Y mientras íbamos a la escuela ella terminó el liceo. En su momento, económicamente no era fácil porque mi papá había dejado una deuda de un camión, un montón de cosas por las que no podía irse a hacer facultad. Cuando pudo irse de Libertad, nosotros ya éramos grandes, yo me quedé, y se anotó en la misma generación. Empezamos juntas la carrera: muy anecdótico, muy lindo y representativo, porque ella siempre quiso ser química farmacéutica como su padre, y lo consiguió. En el momento en que me decidí a dejar la química, porque trabajaba en algo que no tenía nada que ver con la cocina, como me enseñaron que nunca es tarde, dije “Vamos a tirarnos a esta piscina”. Fue cuando salió MasterChef.