Rodolfo: One Piece es un fenómeno. Para el momento de encontrarnos a escribir esta nota a cuatro manos, la animación suma la bestialidad de 1.155 episodios y más de 26 años de transmisión ininterrumpida. Dentro de los muchísimos hitos del manga y el anime, la creación de Eiichiro Oda marca un antes y un después, incluso para un medio que está plagado de antes y despueces. Esa misma acumulación de material y contenido es lo que a mí me ahuyentó de la obra original o su adaptación en anime, y solo después de muchas vueltas le di una chance a la versión en acción real de Netflix (doy gracias a la insistencia de mis hijos). ¿Cómo es tu relación con la obra original, si la tenés? ¿Con el manga o el anime?
Ignacio: Estoy en un lugar muy parecido al tuyo. Arranqué un par de veces a ver el anime, que, como suele suceder en estas creaciones japonesas, dicen que tiene una fidelidad importante respecto del manga que dio origen a todo. Pero que tenga cientos de episodios me detuvo. De hecho, a la serie de Netflix la consideré una especie de “prueba piloto” a ver si podría engancharme con la animación... pero tengo demasiados empleos y demasiados años como para un compromiso tan grande. De todos modos vi las dos temporadas “con actores de carne y hueso” y entendí un poco del fenómeno. Aunque periódicamente debía repetirme que con seguridad no soy el público objetivo.
Rodolfo: Bueno, para mi sorpresa, quizá yo sí lo sea. Porque me divertí muchísimo con este delirante universo de piratas con superpoderes, donde todo es exagerado, absurdo. Creo que tiene un timing estupendo para el humor y la acción. Esa rarísima sensación de no saber si estás viendo una parodia o una genialidad. Puede tener que ver con que acá el disfrute ocurre en familia –lo que siempre suma–, pero nos devoramos las dos temporadas y eso que estaba prohibido mirar un episodio si faltaba alguno de los cuatro que integran el núcleo familiar. Me parece que tiene a favor un universo complejísimo de muchos personajes, pero que son todos atractivos y claramente diferenciables, en particular los protagonistas.
Ignacio: Hablemos un poquito de la historia, antes de meternos en algunos aspectos que pueden funcionar mejor o peor. Como decías, la cosa va de piratas y muchos de ellos consumieron una fruta que, dependiendo de la variedad, les otorga un superpoder específico, que puede ser tan delirante como el tono de este universo. Monkey D Luffy es un pirata súper optimista y entusiasta que, conforme avanzan los episodios, arma su tripulación con el objetivo de llegar al gran tesoro que todos los piratas buscan. Como el Big Whoop en los videojuegos de Monkey Island (de los que soy público tan objetivo que soy subjetivo). Las temporadas intercalan aventuras puntuales en alguna isla especial con el avance de la mitología general, con jefes piratas, alianzas y traiciones. ¿Voy bien como para contarles a quienes no tenían idea del asunto?
Rodolfo: Perfecto. Te sumaría que lo que avanza a la par de lo que vos mismo decís es la construcción general del universo, uno que incluye, además de los muchos piratas, a varios enemigos, como ser la Marina que los persigue o ese grupo llamado los Barrocos que buscan desestabilizar de algún modo el status quo existente. Y la suma de todo esto puede parecer un montón, pero creo que el foco, el punto de vista, siempre centrado en Luffy y sus Sombreros de Paja –nombre que recibe su tripulación, incluso a su pesar– ayuda a que todo esté muy centrado.
Ignacio: Como el espacio es tirano, voy a plantear mi problema (pequeño) con la serie. Aprecio el desafío de la adaptación bien directa de un mundo colorinchudo como el animado (el manga es en blanco y negro). Desde ese punto de vista, creo que la serie hace muy bien lo que hizo la primera película de Mortadelo y Filemón, dirigida por Javier Fesser. Me parece que, para triunfar, One Piece tiene que ser, a la vez, Mortadelo y The Matrix. Los peinados, los vestuarios, los barcos te venden bien ese mundo, pero en las escenas de acción se pierde lo estilizado y por momentos recuerda a las series del Arrowverso que hacía la cadena CW, con todo el cariño que les tenía. Me gustaría saber qué opinas en ese sentido.
Rodolfo: Ah, en completo desacuerdo. Justamente, con el Arrowverse yo jamás enganché por lo modesto que era todo el resultado. Si parecía que se peleaban siempre en el mismo depósito, entre las mismas cajas. Yo acá encuentro que las escenas de acción funcionan geniales, siempre y cuando uno haga el pacto de verosimilitud con los poderes y que los personajes se estiren, floten, exploten. Y más allá de los efectos y poderes, hay secuencias magníficas de gente simplemente peleando con espadas, como pasa en esa isla donde Roronoa Zoro se lleva puestos a 100 enemigos. No quiero dejar pasar el estupendo nivel de casting y actuaciones, un montón de caras por completo desconocidas, al menos para mí, que cumplen con creces en personajes bastante difíciles de encarnar. ¿O estoy exagerando, preso de mí entusiasmo?
Ignacio: Sobre gustos, colores, y se nota que tu disfrute es un poco mayor al mío, pero ahí está la gracia de este intercambio de opiniones. De todos modos, agrego entre mis puntos positivos las escenografías, la música, el uso de la imaginación en las historias originales que no fue doblegado por un filtro de “vergüencita” del que a veces adolecen las series televisivas de acción real, en especial las que salen mucho dinero y por eso deben apostar por un público global. Volviendo al comienzo y a cómo nos abrumaba esa historia, algo que me pasó en esta segunda temporada es la sensación de que pasó poco. Pero solamente porque sé que hay cientos y cientos de episodios con historias. Sé que es un pensamiento que no tiene sentido, porque la obra debe ser juzgada por sí sola, pero no pude evitarlo. Sobre esto, ¿llegarán a encontrar el tesoro antes de que los actores se jubilen? O antes del apocalipsis nuclear, que lo imagino más cercano.
Rodolfo: Si bien el público fiel del manga o el anime probablemente no se decepcione con esta adaptación, no me parece que esté pensada para ellos y sí mucho para el espectador más “neutral”, digamos. Uno que no necesita que esos miles de episodios se adapten a pies juntillas, sino que le alcanza con ver que se cuentan buenas historias, así no sean todas o exactamente las mismas que se vieron antes en papel o animadas. Creo que la serie de Netflix logró identidad propia y lo hizo sin faltar a la identidad original, o al menos eso entiendo por ver cuánto la aclaman los fans del producto original. Y ahí está la clave para seguirla disfrutando, creo yo: no pedirle nada más que cuente lo que puede o quiere contar. Lo más probable es que una enorme cantidad de material no llegue nunca a adaptarse. Pero a mí dame cuatro o cinco temporadas a este nivel y ya no te pido más nada.
Ignacio: Dicho esto, desde este espacio soñamos con el regreso de las temporadas que se estrenaban anualmente. Así como de las plataformas que apuestan a la evolución de una serie y no a cancelarla para estrenar series nuevas con el único objetivo de mantener la atención de sus clientes. Si no, lo que va a terminar pasando es que nos vamos a mandar hacia el mar con la bandera negra de la calavera y los dos huesos cruzados. Guiño, guiño.
One Piece. Dos temporadas de ocho capítulos de una hora. En Netflix.