María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, más conocida como Yiya Murano, se transformó en una figura enormemente famosa para la cultura popular argentina, porque su historia parecía salida del guion de una novela: crimen, deudas, manipulación y alguien que no encajaba en absoluto con la clásica imagen de asesina serial. Yiya se movía en ambientes porteños socialmente acomodados, organizaba reuniones de té y construía una imagen elegante, fina y encantadora. Por eso, cuando su caso salió a la luz y los medios la bautizaron marketineramente “La envenenadora de Monserrat”, el impacto fue gigante: el contraste entre la señora distinguida que mostraba ser y la violencia que escondía resultaba oscuro y fascinante.

En 1979, Yiya fue condenada a prisión perpetua por asesinar con cianuro a dos amigas y una prima a las que, según la investigación, les pedía dinero prestado para cubrir deudas de supuestas inversiones (que no eran otra cosa que estafas) y después las mataba para no devolverlo. Aunque fue absuelta en 1982, una revisión judicial revocó el fallo, y pasó 13 años presa antes de ser liberada en 1995 por el beneficio del “dos por uno” instalado por Carlos Menem.

El cruce entre apariencia, ambición y frialdad es ahora inspiración del brillante documental Yiya Murano: muerte a la hora del té, dirigido por el especialista en true crime Alejandro Hartmann (estuvo a cargo de [Carmel: ¿quién mató a María Marta?] y El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas) y con guion de Tomás Sposato (Los hermanos Menéndez, Argentina 78).

La biopic, ágil e intensa, tiene la particularidad de incluir testimonios inéditos sobre la asesina: su hijo Martín, quien toda su vida intentó desmarcarse del vínculo y principal acusador de la culpabilidad de Yiya (ella defendió su inocencia hasta el día de su muerte), el comisario a cargo de las investigaciones por las muertes “dudosas” de las amigas, familiares directos de las víctimas, vecinos y periodistas. El documental no solo reconstruye paso a paso el caso policial, fascinante y entreverado, sino que también expone aspectos poco conocidos de su protagonista, como la relación tóxica que mantuvo con su hijo, marcada por el resentimiento. La distancia emocional es tan grande que él jamás habla de ella como “mamá”, sino como “Yiya”.

El documental muestra algo poco habitual en los relatos policiales: el lugar de las mujeres en la criminalidad y cómo ciertos privilegios de clase pueden modificar la mirada social sobre una asesina. Yiya estaba obsesionada con pertenecer a una clase social acomodada, incluso cuando su realidad económica se derrumbaba. Deseaba brillar como fuera.

La película conecta el caso con el contexto social de la época, en plena dictadura, y muestra cómo los medios ayudaron a construir el mito. La prensa se maravilló con la historia de Yiya: misterio, muerte, dinero, traición, amantes, una protagonista magnética que rompía moldes sociales (era dominante, tenía amantes y manejaba dinero e “inversiones”) y algo profundamente perturbador en la idea del veneno como método de sus crímenes: silencioso, tramposo, difícil de detectar.

Murano hizo de su propia figura un espectáculo kitsch y su perversión fue tan profunda que nunca le incomodó ser llamada “la envenenadora”; al contrario, adoptó el apodo como parte de un personaje público que alimentaba frente a cámaras y periodistas. El documental capta el fenómeno cultural de entretenimiento que fascinó a los argentinos hace casi medio siglo.

 Yiya Murano: muerte a la hora del té. 104 minutos. En Netflix.