Algo habrá hecho (o escrito) William Shakespeare para que sigamos hablando de él cuatrocientos años después de su muerte. No solamente se siguen reponiendo sus obras de teatro, sino que el cine se nutre periódicamente de sus escritos, ya sea en adaptaciones más o menos directas o reinterpretaciones que se desarrollan en tiempos más cercanos, o con personajes adolescentes. Hubo un furor de películas para adolescentes basadas en Shakespeare.
El interés es tan grande que el propio Shakespeare (más allá de teorías más o menos fundadas sobre su identidad) fue convertido en personaje de ficción. En 1999 los votantes de la Academia decidieron que el Oscar a la mejor película fuera para Shakespeare apasionado (Shakespeare in Love), una comedia romántica en la que Joseph Fiennes interpretaba a un joven William que luchaba contra el bloqueo creativo mientras tenía un romance con Viola de Lesseps (Gwyneth Paltrow). La película incluía una puesta en escena de Romeo y Julieta, obra desbloqueada por el amor, y ninguna de las dos historias tenía final feliz.
En la historieta The Sandman, guionada por Neil Gaiman, escritor británico acusado de violación y trata de personas, William Shakespeare es un personaje más de la historia, como también lo fue en su adaptación televisiva. La serie antológica giraba alrededor de Morfeo, la encarnación del Sueño, y las numerosas aventuras que lo tenían en ocasiones como protagonista y en otras como un simple espectador. En el número 13, durante una visita al mundo de los mortales, Morfeo se cruzaba con el Bardo en una taberna y le hacía una propuesta.
El resultado recién lo conoceríamos en el número 19, titulado “El sueño de una noche de verano”, que en 1991 ganó el World Fantasy Award a la mejor ficción corta. La historia se desarrollaba en el campo, a donde llegaba William junto a una troupe de actores. Allí descubríamos que el trato consistía en escribir dos obras a cambio de la habilidad para contar historias inmortales. La obra que da nombre al número era interpretada frente a las propias criaturas del Reino de las Hadas que aparecen en el texto. La serie culminó en el número 75, titulado “La tempestad”, donde un veterano Shakespeare terminaba su última obra y conversaba con Morfeo acerca del faustiano acuerdo entre ambos.
Quien aparece en estos dos capítulos, en forma directa o indirecta, es Hamnet, el único hijo varón de William y Agnes Hathaway. En “El sueño de una noche de verano” se quejaba de que su padre se había vuelto distante desde que explotó su inspiración (el acuerdo con Morfeo), mientras que en “La tempestad” William se preguntaba si su hijo seguiría vivo en caso de no haber aceptado el poder concedido por el Señor del Sueño. La realidad histórica (y ampliamente conocida) indica que Hamnet falleció en 1596, a los 11 años, y numerosos investigadores han buscado relaciones entre esta tragedia y la obra de su padre, una de las cuales tiene prácticamente el mismo nombre.
En el nombre del hijo
En 2020 se publicó la novela Hamnet, escrita por la norirlandesa Maggie O’Farrell, llevada al teatro en 2023 y al cine en 2025, con un guion coescrito por O’Farrell junto a Chloé Zhao, ganadora del Oscar a la mejor dirección por la película Nomadland. La película homónima, dirigida por Zhao, cuenta la historia de la relación entre William Shakespeare y Agnes Hathaway, el crecimiento de la familia y la tragedia. No es ningún secreto porque el tráiler lo deja en claro incluso para quienes no tenían el dato.
Esta es, entonces, la crónica de una muerte documentada. Que tiene al niño como aquella bomba debajo de la mesa en el famoso ejemplo de Alfred Hitchcock, con las horas contadas y sin ningún Quentin Tarantino que se atreva a cambiar el rumbo de la historia, más allá de las necesarias dramatizaciones.
Paul Mescal es Shakespeare, aunque pasará más de media película hasta que se lo nombre. Jessie Buckley es Agnes, de quien se enamorará a primera vista y cortejará, pese a que se comenta que ella es hija de una bruja del bosque. Será sólo un rumor.
Buena parte de los 126 minutos de Hamnet muestra el desarrollo de este amor, aunque es difícil pensar en qué tan exitoso sería sin saber que estamos ante una bomba de tiempo debajo de la mencionada mesa. La química entre ambos actores existe y Buckley construye (por lejos) el personaje más interesante de la obra. Lo que el guion nunca logra contagiar es esa idea de que William es alguien único. “Es más profundo que cualquier hombre que haya conocido”, dice Agnes en un momento, y me resultó más difícil de creer que la presencia de Oberón y Titania en The Sandman.
La historia de este Shakespeare Begins se desarrolla en paisajes hermosos y reconstrucciones verosímiles de la vida en el siglo XVI, aunque la fotografía del polaco Łukasz Żal se empeñe en apagar casi todos los colores. Todo gira entre los choques con los familiares (se destaca la siempre efectiva Emily Watson como Mamá Shakespeare) y la crisis vocacional de William, que está convencido de que en Londres le irá mejor, como esos uruguayos que sueñan con triunfar en Buenos Aires.
En cuanto a Agnes, tiene cosas más importantes de qué preocuparse, como los rumores del pueblo o la violencia obstétrica de la que es víctima. Buckley ejecuta un papel a la medida de la Academia (o cualquier otro grupo de votantes) ya que el guion le pide que sufra, que llore, que grite y hasta que realice esos gritos mudos que llaman muchísimo la atención. Ella cumple a la perfección con cada uno de esos pedidos.
A todo esto, Mescal tiene una tarea más sencilla porque, en el caso de Shakespeare, la procesión va por dentro. La propia película no lo deja bien parado, aunque mi duda es qué tanto es adrede. William cree que no será feliz en el pueblo y prefiere dejar a su embarazadísima esposa sola antes que ser un padre deprimido. Hace pocas semanas el escritor argentino Hernán Casciari contó una historia similar acerca de su regreso a Argentina, lo que motivó acalorados debates en las redes acerca de la responsabilidad de paternar.
Entre regresos, perspectivas inmobiliarias y referencias a su obra posterior, se sucede la tragedia. Desgarradora, durísima, filmada, como todo el resto de la película, en forma de que la cámara no distraiga de lo que está ocurriendo. Hamnet es una de esas películas para llorar, incluso si sos de los que llora en las escenas emotivas, que alguna hay. Hay un fino punto de equilibrio entre la fragilidad de la vida, más en una época en la que las muertes infantiles eran moneda corriente, y el dolor que se siente en esa casa, que por momentos transcurre en tiempo real.
Shakespeare no está presente porque “el genio” está tratando de triunfar en la gran ciudad, y parece que la película quisiera que sintiéramos pena por ese hombre que prefiere escribir teatro antes que ir a terapia. O, a falta de ella, conversar para procesar los sentimientos.
El cierre también me provocó sentimientos encontrados. Al igual que Shakespeare apasionado, el final de Hamnet transcurre durante una presentación, en este caso de la obra casi homófona. Donde la pobre Agnes se transforma en uno de los espectadores de La llegada de un tren a la estación de La Ciotat (Auguste Lumière y Louis Lumière, 1896). Si bien tiene su sentido dentro del cuento, vuelve a poner la carga en el incomprendido William, que vivía en un altillo, cambiando la historia del teatro para siempre, mientras que ella queda como la mujer maravillada por el hobby secreto de su marido.
El debate
Luego del estreno comercial a fines del año pasado, la crítica del norte instaló un pequeño debate. Como preguntó Constance Grady en un artículo de Vox, “¿la película es una conmovedora reflexión sobre el duelo y el poder del arte para ayudarnos a procesarlo o es cursi y manipuladora?”
Sobre gustos, colores. El guion de Zhao y O’Farrell a veces tiene que utilizar la brocha gorda, quizás ante la tarea de resumir una novela de casi 400 páginas en dos horas. Y si bien es cierto que Buckley llega a gritar como Soraya Montenegro cuando encontraba a Nandito besándose con Alicia, las circunstancias son bastante más comprensibles. En cuanto a lo manipulador, no creo que ninguno de los ingredientes de la película lo sea más que Mamá Coco cantando en Coco o cualquier música que entra en el momento justo para estrujarnos el corazón, algo que tan bien sabía hacer el personaje de Ed Harris en The Truman Show.
Es posible que la furia y el dolor de Agnes resuenen más en el contraste con la actitud de Shakespeare, pero así están construidos los personajes. A propósito, no me pareció que Mescal fuera un buen ejemplo de “menos es más”, como sí ha hecho en películas como Todos somos extraños o Aftersun.
Si buscan algo cursi, probablemente lo encuentren en el último tramo, en la alegría narcotizante de la ficción, y no en el dolor de una madre. De todas maneras, hace mucho que no aclaro que los resultados pueden variar. Este es un buen momento.
Hamnet. 126 minutos. En salas.