“Nadie es una isla”, escribió el poeta John Donne en 1624. Tal vez no fue lo más importante que pasó esta semana, pero posiblemente haya estado entre lo más llamativo la discusión en torno al proyecto de construir una megaisla artificial a 450 metros de la Punta Gorda montevideana.

Las utopías de algunos pueden ser las distopías de otros. Para el Poder Ejecutivo, el proyecto MVD 360 representa una oportunidad maravillosa. Para el gobierno de Montevideo, en cambio, se parece más a una pesadilla urbanística, y conviene recordar que en la capital no se pueden construir barrios privados.

Con mayor volumen de advertencia se pronunció la Sociedad de Arquitectos, pero quizás el cuestionamiento más complicado haya venido del propio gobierno: el ministro de Ambiente, el colorado Adrián Peña, dijo que su cartera no había sido consultada, con lo que no sólo le asesta un golpe duro al proyecto, sino que también sugiere que los empresarios de Jirkel SA acordaron exclusivamente con el círculo del presidente Lacalle Pou.

Además de estos intercambios sobre el aislamiento, ocurrieron otras cosas esta semana, pero antes de pasar a puntearlas, les copio la meditación completa de John Donne, que además de poeta fue una autoridad de la Iglesia Anglicana: “¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece? ¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla? ¿Quién no presta oídos a una campana cuando tañe? ¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

Nadie es una isla entera por sí mismo. Cada persona es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya misma.

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad. Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

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