Durante la segunda presidencia de Trump, que apenas lleva un año, Estados Unidos atraviesa y genera movimientos de gran inestabilidad. En lo interno, al descontento por la situación económica de la mayoría de la población se le ha sumado una brutal represión a quienes se oponen a la detención arbitraria de inmigrantes y algunos actores políticos temen que desemboque en una ruptura institucional sin precedentes.

En lo externo, el gobierno estadounidense se ha enfrentado con sus aliados internacionales más próximos desde mitad del siglo XX para tratar de sostener su deriva financiera. En el caso de Europa occidental, lo hizo no sólo mediante coacción económica –las famosas “tarifas”–, sino también militar –la amenaza de toma de Groenlandia–. En nuestra región, que nunca tuvo el trato preferencial del viejo continente, se volvió a los peores tiempos del intervencionismo con la agresión a Venezuela, que abiertamente amaga con repetirse a pesar de la “cooperación” del régimen.

La propuesta de una “Junta de Paz” ideada por Trump para esquivar los mandatos de Naciones Unidas fue aceptada por pocos gobiernos democráticos, y en esta semana fue el mandatario de Brasil quien planteó más claramente los límites de su andadura.

Menos explícitamente que Lula, muchos gobernantes están buscando alternativas al vínculo con un socio que parece sumido en el caos. En los últimos días, tanto Canadá como el Reino Unido han celebrado distintos tipos de acuerdos con China, a la que se ve como un actor más estable y dispuesto al libre comercio, e incluso el gobierno de Argentina, muy cercano a Trump, hizo intercambios con el país asiático.

El gobierno de Uruguay también mira a Pekín, y hacia allí partió el presidente Orsi con la que se estima es la mayor comitiva en viajes de este tipo. Se espera firmar una treintena de acuerdos en áreas clave para el intercambio entre ambos países, y aún habrá espacio para novedades.

Otra consecuencia de la desconfianza global en el porvenir de Estados Unidos, a la que hay que sumarle los cambios poco ortodoxos que se avecinan en su “Banco Central”, es la depreciación de la moneda estadounidense. En nuestro país, las autoridades siguieron haciendo anuncios, que, con alguna ayuda de las tendencias internacionales, tuvieron buenos resultados.

Nuestro editorial pone estos temas en una perspectiva de largo plazo.

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